La cumbre de la DEA en Buenos Aires, presentada por la prensa extranjera como un reconocimiento al alineamiento estratégico de Milei con Washington, ofrece un retrato en claroscuro de cómo se lee hoy a Argentina desde fuera. El País América subraya el gesto diplomático —la elección del país como sede— pero omite casi por completo el contexto local: ni una mención a la escalada de violencia narco en Rosario, a la polémica por la militarización de la seguridad interior o a las críticas de organizaciones sociales que ven en este evento más teatro geopolítico que avances concretos.
El encuadre es sintomático. Se habla de cooperación internacional, pero no de cómo se traduce esa retórica en un país donde, según cifras de la propia DEA citadas por el medio, el consumo de cocaína se duplicó en la última década. Se menciona a Milei como aliado de Trump, pero no se cuestiona qué contrapartidas exige esa alianza ni cómo impacta en la soberanía judicial argentina —un tema que, paradójicamente, sí ocupó titulares cuando el gobierno anterior negociaba con el FMI—.
Mientras tanto, otros cables dibujan un país de contrastes: la BBC denuncia la destrucción de un ecosistema único en San Juan por un particular, un delito ecológico que la prensa local cubrió con menos estrépito que la cumbre antidrogas. Y en un rincón de los titulares, un asesor de ultraderecha arrestado por intento de femicidio completa el paisaje: Argentina como escenario de dramas globales (el narcotráfico, la crisis ambiental, la violencia machista) pero siempre filtrados por el prisma de lo excepcional.
Lo que queda fuera del marco es igual de revelador: ni rastro de la inflación, los conflictos laborales o la fractura social. Hoy, la lente extranjera prefiere enfocar a Argentina como un actor secundario en el guion escrito por Washington. El resto es paisaje.