La mirada extranjera sobre Costa Rica hoy se concentra en dos fisuras que la pandemia no creó, pero sí agrandó: la educativa y la territorial. El estudio de la Universidad de Costa Rica, difundido por Infobae América, traza un mapa de desigualdades donde lo rural no es solo una coordenada geográfica, sino un destino académico. Los datos son contundentes: en Matemáticas, el 77% de los estudiantes rurales quedó en el nivel más bajo de desempeño en 2022, frente al 67% de 2018. En zonas urbanas, el retroceso también existe, pero menos pronunciado. La lectura que hace la prensa internacional es clara: Costa Rica, ese país que suele venderse como una excepción regional en cohesión social, tiene grietas que la conectividad digital no ha sabido —o podido— cerrar.
Lo interesante del encuadre extranjero es lo que elige subrayar y lo que omite. Se habla del acceso desigual a Internet, de la dependencia del celular en los hogares más vulnerables, incluso del estrés docente. Pero no se menciona, por ejemplo, cómo estos números dialogan con el histórico gasto público en educación —uno de los más altos de América Latina— o con el mito de la "Suiza centroamericana" que tanto ha servido a la marca país. Tampoco se analiza si estas brechas son reversibles o si, por el contrario, estamos ante una fractura estructural que redefine el futuro laboral de una generación entera.
El resto de los titulares hoy —incendios, derrumbes, lluvias— completan un relato de país asediado por emergencias simultáneas. Pero es en la educación donde la prensa internacional parece encontrar una narrativa más duradera: la de un modelo que, pese a sus virtudes reconocidas, no logra compensar las asimetrías de su propio territorio. Quizás porque ahí, en esas cifras frías de desempeño escolar, se juega algo más difícil de reparar que una carretera: la idea misma de movilidad social.