La mirada extranjera sobre Honduras en estos momentos recorre un país fragmentado, donde los titulares revelan menos un relato coherente que una acumulación de crisis que no logran conectarse en una narrativa única. Infobae América, que monopoliza la cobertura disponible, nos muestra a Honduras a través de un prisma que alterna entre lo anecdótico y lo grave sin jerarquía clara, como si el desorden fuera el orden natural de las cosas.
Lo primero que salta a la vista es la desproporción. Mientras conductores VIP protestan por multas y decomisos, se captura al segundo implicado en una masacre de veinte personas. Mientras se anuncian rebajas de combustible, un exdiputado es capturado por homicidio. La prensa extranjera no establece puentes entre estos hechos; simplemente los enumera. Esto sugiere que, desde afuera, Honduras se ve como un lugar donde todo ocurre simultáneamente sin que nada resuelva nada, donde la violencia coexiste con la rutina administrativa como si ambas fueran equivalentes.
Lo que emerge de esta cobertura es una Honduras donde las instituciones funcionan de manera errática. La Comisión Liquidadora detecta irregularidades y pérdida de información en instituciones intervenidas, lo que implica que el Estado está intentando corregirse a sí mismo pero encontrando sus propios escombros. Los decomisos del IHTT generan protesta de conductores VIP, insinuando que hay un sector que se resiste a la aplicación de la ley, mientras que en paralelo se avanzan capturas en casos de homicidio. El mensaje que llega al exterior es contradictorio: ¿hay Estado o no hay Estado?
Llama la atención también lo que está ausente. La ley agroindustrial que genera debate por su impacto en conflictos de tierras aparece como un titular más, sin profundidad. Honduras es un país donde la tierra es fuente histórica de conflicto, donde los derechos comunitarios chocan con intereses económicos, y sin embargo la cobertura internacional apenas la toca. Es como si la prensa extranjera viera el síntoma sin interesarse en la enfermedad.
El caso de Francisco Cosenza, que recibe cinco años de arresto domiciliario tras declararse culpable en Estados Unidos, es quizá el único que trasciende las fronteras nacionales. Pero está ahí, entre multas de tránsito y rebajas de combustible, como si fuera un asunto más de la agenda local. La criminalidad transnacional que lo involucra desaparece de la vista cuando se la reduce a un titular.
Lo que la prensa extranjera refleja, en suma, es una Honduras que no logra construir una imagen coherente de sí misma hacia el mundo. No hay una narrativa dominante, no hay un problema que eclipsara a los demás. Hay seguridad y desorden, hay instituciones que intentan funcionar y otras que colapsan, hay violencia y vida cotidiana. Para quien lee desde fuera, Honduras aparece como un país donde todo es urgente y nada es prioritario, donde las autoridades capturan criminales pero pierden información, donde se protege a los conductores VIP de multas mientras se masacra gente en pueblos olvidados.
Quizá eso sea, precisamente, lo que Honduras es. O quizá sea lo que parece ser cuando se la observa a través de titulares desconectados. La prensa extranjera, en este caso, no está siendo injusta. Solo está siendo superficial. Y esa superficialidad, cuando se repite día tras día, se convierte en la verdad que el mundo conoce.