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🇨🇱 Chilemiércoles, 10 de junio de 2026

La prensa internacional observa hoy a Chile en el espejo de un dilema que define a muchos gobiernos de derecha en América Latina: cómo gobernar cuando la promesa electoral se choca contra la realidad presupuestaria, y cuando esa colisión ocurre precisamente en el rubro donde se jugó la campaña. France 24 retrata a Kast cumpliendo sus primeros noventa días no como un hito de gestión, sino como un punto de quiebre donde la apuesta por medir resultados en plazo fijo se convierte en evidencia de lo que no se logró.

El encuadre es despiadado, aunque no por malicia sino por hechos. El plan "Desafío 90" fue una jugada de comunicación política audaz: convertir los primeros tres meses en un contrato con el electorado, con cifras específicas, medidas verificables, una fecha de vencimiento. Pero ese mismo acto de transparencia prometida se volvió en contra. Cuando centros de pensamiento progresistas revisaron 440 compromisos del candidato, encontraron que solo uno se cumplió por completo. Casi el ochenta por ciento ni siquiera comenzó. El Gobierno, al no publicar el documento original del plan, se aseguró control sobre la narrativa, pero también alimentó la sospecha. Kast mismo empezó a estirar los plazos antes de que vencieran, pidiendo paciencia de seis meses cuando apenas llevaba cincuenta días. Es el acto reflejo de quien advierte que no llegará a tiempo.

Lo que la prensa extranjera subraya con claridad es que la crisis no vino donde menos se esperaba, sino donde más se esperaba. Kast ganó con promesas de mano dura contra la delincuencia. Su ministra de Seguridad cayó a los sesenta y nueve días, sin un plan concreto contra el crimen. Fue el golpe más costoso posible: fracasar en el acta de nacimiento de tu propio Gobierno. Ningún presidente chileno había removido su gabinete tan rápido desde 1990. No es solo un cambio administrativo; es la admisión de que lo que se prometía no estaba listo.

Pero hay un segundo movimiento que la cobertura captura con precisión: el choque entre el ajuste fiscal y la promesa de seguridad genera un vacío donde emerge la protesta. Miles de estudiantes marcharon tres días después de la Cuenta Pública. El detonante fue el recorte de casi doscientos veinte millones de dólares en educación superior. Lo que la prensa internacional ve aquí es una contradicción que los manifestantes explotan con lógica: el Gobierno rebaja impuestos a empresas del veintisiete al veintitrés por ciento, autoriza nuevo endeudamiento, pero recorta educación con el argumento del déficit. No es un desacuerdo ideológico abstracto; es una cuenta que no cuadra.

El aprobación de Kast cae al cuarenta por ciento. Eso es el número que la prensa internacional retiene. No es catastrófico, pero es frágil. Noventa días en el poder y ya hay destituciones, primeras grandes protestas, y una narrativa que ha pasado de "mano dura contra el crimen" a "ajuste fiscal que genera conflicto". La promesa de resultados medibles en noventa días terminó siendo, irónicamente, una medida exacta de lo que no se hizo.

Lo que no aparece en este encuadre, o aparece apenas, es lo que Kast sí avanzó: control fronterizo, lucha contra el crimen organizado, destrabe de inversiones. La prensa extranjera no los ignora, pero los subordina a la narrativa del fracaso relativo. Ese es el costo de jugar con plazos fijos. Ganas si cumples. Pierdes si no, y la pérdida se mide en público.

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