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🇻🇪 Venezuelajueves, 11 de junio de 2026

La liberación de 54 presos políticos militares que anuncia El País América presenta a la prensa internacional ante un dilema interpretativo que se repite con cada gesto de apertura del gobierno venezolano: cómo leer un acto que podría significar distensión sin convertirse en cómplice de una narrativa de cambio que los hechos no respaldan completamente.

El detalle que El País subraya es revelador por lo que enfatiza y por lo que omite. Todos los liberados son militares. Tres son mujeres. La mayoría formaba parte de la llamada Operación Brazalete Blanco, una supuesta conspiración militar denunciada hace cuatro años por las agencias de inteligencia venezolanas. Estaban en Ramo Verde e INOF. Los números son precisos, las fuentes citadas son creíbles: Foro Penal, familiares, grupos de derechos humanos. Hasta aquí, el reportaje funciona como debe funcionar.

Pero el encuadre contiene una pregunta silenciosa que la prensa extranjera aún no se atreve a formular en voz alta: ¿por qué ahora? ¿Qué cambió en la ecuación política para que el gobierno decida soltar a militares que, según su propia narrativa oficial, conspiraban contra él hace cuatro años? ¿Es un gesto de confianza renovada en las fuerzas armadas, o es precisamente lo opuesto: una señal de que ya no representan una amenaza porque han sido suficientemente domesticadas?

La prensa internacional tiende a leer estos actos como movimientos dentro de una transición que aún se supone en curso. Pero hay una posibilidad que rara vez explora con claridad: que no se trata de transición sino de consolidación. Que cada liberación de presos políticos, cada gesto de apertura selectiva, cada negociación parcial, funciona menos como un paso hacia el cambio y más como un mecanismo para administrar la presión internacional sin alterar los fundamentos del control.

El hecho de que sean exclusivamente militares es importante. No son estudiantes, no son activistas civiles, no son periodistas. Son hombres y mujeres que alguna vez formaron parte de la estructura de poder y que, al parecer, ya no constituyen una amenaza. Su liberación no desafía la arquitectura del régimen. La confirma. Sugiere que el gobierno tiene la suficiente seguridad interna como para permitirse este gesto sin riesgo. Y eso, paradójicamente, es una mala noticia disfrazada de buena noticia.

La prensa extranjera reportará esto como un paso positivo. Foro Penal lo registrará como un avance. Las organizaciones de derechos humanos lo documentarán. Y todo será cierto. Pero mientras tanto, la pregunta sobre qué ha pasado con los otros presos políticos, los civiles, los que siguen detenidos, permanecerá en los márgenes del relato. No porque los periodistas extranjeros sean negligentes, sino porque el gobierno venezolano ha aprendido a dosificar sus gestos de apertura de tal manera que cada uno consume la atención sin resolver el problema de fondo.

Lo que la cobertura internacional necesitaría hacer, y rara vez hace, es conectar este acto con un patrón más amplio: una estrategia de cambio cosmético que preserva el poder. Pero eso requeriría admitir que la transición que la prensa internacional ha estado esperando durante años podría no estar ocurriendo en absoluto. Y esa es una conclusión que aún resulta incómoda de enunciar.

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