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La prensa internacional que cubre el balotaje peruano enfrenta hoy una encrucijada que revela algo incómodo sobre su propio oficio: la obsesión por la cercanía del resultado amenaza con convertir la elección en un mero ejercicio de suspenso, cuando la verdadera pregunta política —quién gobernará un país que ha tenido ocho presidentes en una década— sigue siendo secundaria en el encuadre.

France 24, que lidera la cobertura, construye su narrativa sobre cifras que hablan de una diferencia de 41.414 votos con el 96,4% escrutado. El dato es preciso, casi obsesivamente preciso. Pero la precisión matemática oculta una realidad más borrosa: ambos candidatos representan opciones políticas que la prensa extranjera tiende a clasificar con etiquetas que simplifican más de lo que iluminan. Sánchez es "izquierdista", Fujimori es "derechista", y en esa dicotomía se agota el análisis de quiénes son realmente estos candidatos y qué ofrecen a un país en colapso institucional.

Lo que resulta revelador es cómo la cobertura internacional ha decidido dramatizar la incertidumbre del conteo. Las actas que faltan —1.784 de ellas, principalmente del extranjero— se presentan como el verdadero drama, el suspenso que mantiene a Perú en vilo. France 24 subraya que Fujimori lleva aproximadamente el 70% del voto en el extranjero procesado hasta ahora, y que hay esperanza en las actas observadas, "la mayoría de la capital", donde Fujimori arrasó. La narrativa se convierte así en un thriller de conteo regresivo, donde cada lote de actas es un acto de la obra.

Pero hay algo más problemático en este encuadre. La prensa extranjera, al enfatizar la polarización ideológica y la cercanía del resultado, está reproduciendo sin cuestionarla la lógica de una contienda que, vista desde fuera, parece una batalla entre dos visiones del país. Lo que desaparece de la cobertura es la pregunta sobre la capacidad real de cualquiera de estos candidatos para gobernar una nación donde la inestabilidad ha sido la norma durante años. ¿Qué significa que el próximo presidente sea elegido por menos de un punto porcentual en un país donde la legitimidad de origen parece ser cada vez menos relevante frente a la capacidad de mantener el orden?

Fujimori insiste en que el margen es "muy ajustado" y que lo lógico es esperar los resultados finales. El partido de Sánchez, por su parte, defiende los conteos rápidos de Ipsos y Datum como "el instrumento más sólido" disponible. La prensa extranjera reportea estas posiciones sin profundizar en lo que revelan: que en Perú, incluso en el momento de elegir presidente, la confianza en las instituciones electorales es tan frágil que ambos bandos necesitan invocar metodologías alternativas para legitimar sus aspiraciones.

Lo que la cobertura internacional no está diciendo, porque no entra en su lógica narrativa, es que Perú se enfrenta a un problema que trasciende completamente quién sea el ganador de esta elección. Un presidente elegido por 41.000 votos en una población de 27 millones no tendrá más legitimidad para gobernar que cualquiera de sus ocho predecesores. La prensa extranjera ha optado por cubrir el drama del conteo en lugar de interrogarse sobre el drama más profundo: la incapacidad estructural del sistema político peruano para producir gobiernos viables, independientemente del color ideológico que asuman.

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