La prensa internacional ha descubierto hoy un fenómeno que, en cierto modo, cierra un ciclo: la desaparición física de Nicolás Maduro de las calles de Venezuela no es solo un hecho político, sino un acto de borrado que revela algo más incómodo que la simple caída de un dictador. Es el retrato de una sociedad que necesita olvidar no solo al hombre, sino la complicidad que lo rodeaba.
El relato que emerge de los medios extranjeros, particularmente de este análisis detallado que documenta la pintura sobre murales, el desvanecimiento de vallas publicitarias y la abrupta caída en las menciones públicas del ex presidente, presenta una narrativa de lo que podría llamarse amnesia colectiva administrada. Las imágenes son casi demasiado literales para ser efectivas como símbolo: billboards cubiertos de blanco, el cemento derramado sobre su rostro en un parque, las menciones que cayeron de 86 a 7 mensuales en apenas tres meses. La prensa extranjera ve aquí una catarsis, una sociedad que finalmente se libera de un ícono opresivo.
Pero hay un ángulo que la cobertura apenas toca, quizás porque es incómodo para la narrativa de ruptura que se está construyendo. Esos mismos funcionarios que ahora evitan pronunciar su nombre, esos activistas que pintan sobre sus murales, fueron durante años los arquitectos o al menos los beneficiarios de esa maquinaria de propaganda. El análisis de TalCual que cita el medio extranjero es útil, pero la pregunta verdadera no es cuántas veces se menciona a Maduro ahora, sino cuántas veces se mencionará a quienes lo mantuvieron en el poder mientras la economía se contraía un 70 por ciento.
Lo que la prensa internacional interpreta como purificación podría ser, en realidad, una estrategia de continuidad disfrazada de ruptura. Delcy Rodríguez, quien según el reportaje mencionaba a Maduro 86 veces en enero, ahora lo evita deliberadamente. Eso no significa que haya cambiado de bando; significa que ha aprendido que el nombre de Maduro se ha convertido en un pasivo político. El borrado no es un acto de justicia retrospectiva, sino de gestión de marca.
El comentarista Phil Gunson ofrece una lectura que la prensa extranjera parece aceptar sin demasiada resistencia: que incluso los chavistas querían ver el fin de Maduro, que sus bailes en televisión irritaban a la base, que el régimen mismo estaba cansado de él. Es una interpretación reconfortante porque sugiere que la caída fue inevitable, que la sociedad se autocorrigió. Pero también es peligrosamente simplificadora. Confunde el agotamiento con la disidencia, la fatiga con el cambio de valores.
Lo que falta en este encuadre, y es quizás lo más importante, es una pregunta sobre qué viene después del borrado. Si Maduro desaparece de los muros y de las conversaciones, ¿qué estructura institucional lo reemplaza? ¿Quiénes son los nuevos guardianes del orden? La prensa extranjera documenta el síntoma con precisión casi forense, pero evita el diagnóstico más profundo: que una sociedad que necesita pintar sobre toda evidencia de su pasado reciente tal vez no está lista aún para enfrentarlo.
Hay un detalle que merece atención. Los pocos que aún portan imágenes de Maduro en marchas, como Wendell Gouveia con su camiseta de pop art, son presentados como excepciones curiosas, anécdotas de resistencia residual. Pero su presencia, aunque minoritaria, sugiere que el consenso del olvido no es tan universal como parece. Y la prensa internacional, al tratarlos como folklore, corre el riesgo de perder de vista que el borrado nunca es completo, que siempre quedan grietas por donde se filtra lo que se intentó enterrar.