La prensa internacional dedica hoy su atención a un anuncio que, a primera vista, parece circunscrito al ámbito de la política audiovisual regional: República Dominicana será sede en 2026 de la reunión ordinaria de Caaci e Ibermedia, con la particularidad de que en esa ocasión se elegirá por primera vez en casi tres décadas al responsable de la secretaría ejecutiva del programa. Infobae América cubre el evento con la solemnidad que la ocasión merece, recogiendo las declaraciones de funcionarios dominicanos y empresarios locales. Pero el encuadre que emerge de esa cobertura revela algo que va más allá de lo protocolar: una cierta normalización de República Dominicana como sede legítima de espacios de decisión regional, no como mera locación o plataforma pasiva, sino como territorio donde se delibera sobre políticas que afectan la industria audiovisual de más de veinte países iberoamericanos.
Esa normalización es el verdadero hilo del relato extranjero. Cuando Marianna Vargas Gurilieva, directora de la DGCINE, afirma que la designación es "una muestra de la confianza que la comunidad audiovisual iberoamericana deposita en la República Dominicana", la prensa internacional la cita sin ironía ni distancia. No hay interrogante sobre si esa confianza es merecida, no hay trasfondo de sorpresa, no hay el tono que suele acompañar a los gestos de reconocimiento hacia países que históricamente han ocupado posiciones periféricas en la gobernanza cultural regional. La cobertura simplemente lo registra como un hecho institucional normal.
Lo que la prensa extranjera omite, sin embargo, es igualmente revelador. No hay contexto sobre qué ha permitido que República Dominicana llegue a este punto de visibilidad regional en materia audiovisual. No aparecen datos sobre el tamaño de su industria cinematográfica comparada con la de otros países de la región, ni reflexión sobre si la elección de sede responde a capacidad institucional, a gestión diplomática, o a una combinación de ambas. El anuncio menciona que el país fue elegido miembro del Consejo Consultivo de Caaci en junio de 2023, pero no explica el contexto de esa incorporación ni qué significa en términos de poder real dentro de esos organismos.
Hay también una dimensión de branding territorial que la cobertura no cuestiona. La elección del Club Hemingway como sede, la mención de producciones internacionales rodadas en el país, la presencia de Banco López de Haro como respaldo financiero, la lista de patrocinadores privados: todo esto construye una narrativa de República Dominicana como destino audiovisual profesional, integrado a circuitos de inversión y producción. Pero la prensa internacional no pregunta cuál es el alcance real de esa integración, cuántos empleos genera, cuál es su peso en la economía nacional, o si esa visibilidad regional en foros audiovisuales se traduce en beneficios tangibles para la industria local más allá de los espacios de convención.
Lo que sí destaca la cobertura, con cierta insistencia, es el vínculo entre cultura, turismo e inversión. Ángel Pérez, gerente del Club Hemingway, lo formula explícitamente. Javier Rodríguez, del Banco López de Haro, lo refuerza. La prensa extranjera amplifica ese mensaje sin mediar. Lo que emerge es una imagen de República Dominicana donde la industria audiovisual no es un fin en sí mismo, sino un instrumento de atracción de inversión y de proyección internacional. Eso no es necesariamente falso, pero es una forma de ver que subordina la pregunta sobre el desarrollo endógeno de la industria a la pregunta sobre su capacidad de servir como plataforma de inserción económica global.
La verdadera novedad en el encuadre extranjero, entonces, no es que República Dominicana sea sede de una reunión importante. Es que esa condición se presenta como algo ya establecido, como parte de un trayecto de posicionamiento que no requiere justificación adicional. La prensa internacional está dando por sentado que el país tiene legitimidad para convocar a la región en materia audiovisual. Eso es un cambio respecto a cómo se cubría al país hace una década, cuando la mirada extranjera tendía a enfatizar vulnerabilidades, déficits institucionales o dependencias. Hoy el énfasis está en capacidades, en reconocimiento, en confianza depositada. Que ese cambio de encuadre sea merecido o que responda simplemente a una reconfiguración de las prioridades de la cobertura internacional es una pregunta que la prensa extranjera no se plantea.