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🇨🇺 Cubalunes, 15 de junio de 2026

La prensa internacional ha descubierto hoy un Cuba que improvisa en silencio. No es el Cuba de las consignas políticas ni el de los apagones que paralizan ciudades, sino el de los buceadores que renuncian al oxígeno comprimido para bucear a pulmón libre, el de los científicos que moldean arrecifes de coral con arcilla reciclada y cables telefónicos viejos. Es un encuadre que desplaza la narrativa del colapso hacia la del ingenio forzado, y eso merece examinarse con cuidado.

El artículo principal, publicado en el medio anglosajón, estructura su relato alrededor de una paradoja deliberada: mientras Cuba enfrenta una crisis energética que ha paralizado su economía, sus conservacionistas marinos trabajan para proteger uno de los ecosistemas coralinos más prístinos del Caribe. La tensión narrativa no es entre el Gobierno y la población, ni entre la represión y la libertad, sino entre la escasez material y la innovación científica. Es una forma de humanizar la crisis sin cuestionar sus raíces políticas.

Lo que resulta particularmente notable es cómo el medio construye la culpa. El bloqueo estadounidense aparece como el antagonista principal, no como una política sino como una fuerza casi natural que restringe el acceso a combustible, equipamiento y financiamiento. Daniel Whittle, experto en derecho ambiental, es citado diciendo que la decisión de la administración estadounidense de "subinvertir en el medio ambiente es extremadamente equivocada y contraproducente". La frase es elegante porque invierte la responsabilidad: no es Cuba la que ha fallado en proteger sus recursos, sino Estados Unidos la que ha fallado en reconocer que el interés ambiental común trasciende los conflictos bilaterales.

Sin embargo, hay una omisión significativa en este encuadre. El artículo menciona que "la falta de conciencia ambiental, las especies invasoras y la crisis climática" han amenazado durante años el ecosistema marino cubano. Luego añade que "todo eso cambió en 2023, cuando la SCTLD y un intenso blanqueamiento dañaron los arrecifes". Pero no profundiza en qué ha causado esa enfermedad del coral o ese blanqueamiento. Tampoco examina si las prácticas agrícolas agroecológicas que Marileidy Albertus elogia son resultado de una política ambiental genuina o simplemente de la imposibilidad económica de acceder a insumos químicos. La escasez, en otras palabras, es reconfigurada como virtud.

El relato también silencia las causas internas de la crisis energética cubana. Los apagones, la falta de combustible, la paralización económica: todo esto es presentado como resultado directo del bloqueo estadounidense, no como consecuencia de decisiones de política energética doméstica o de la incapacidad de mantener infraestructuras. Cuando Luis Mesa compara su trabajo con el buceo a pulmón libre, diciendo que "con equipo de buceo hay muchas posibilidades, pero para proteger el ecosistema nuestros recursos son limitados", está haciendo una metáfora que la prensa internacional acoge con entusiasmo. Es poética. Es también una forma de normalizar la escasez como condición inevitable en lugar de cuestionable.

Lo que la cobertura extranjera está haciendo es transformar una historia de crisis política y económica en una historia de resiliencia ambiental. Es un giro narrativo que permite a la audiencia internacional sentir simpatía por Cuba sin necesidad de examinar las estructuras que han generado esa escasez. Los científicos cubanos son héroes que improvisan; el Gobierno de Estados Unidos es el villano que restringe recursos; y la población cubana, que según otros reportes está emigrando en números récord, desaparece del relato casi por completo, excepto cuando aparece como voluntaria anónima en un proyecto de restauración coralina.

Hay un elemento de verdad en todo esto. El bloqueo existe. Las restricciones a la transferencia de tecnología y financiamiento son reales. Pero la prensa internacional ha encontrado una forma de narrar la crisis cubana que externaliza completamente sus causas y que, al hacerlo, evita preguntas más incómodas sobre gobernanza, decisiones energéticas de largo plazo, y las razones por las cuales un país con recursos naturales significativos ha llegado a depender tan radicalmente del acceso a combustible importado. El ingenio de los buceadores cubanos es genuino. Lo que resulta cuestionable es la narrativa que lo rodea, que convierte la innovación bajo coacción en una historia de esperanza ambiental en lugar de en lo que probablemente es: un testimonio de cómo la escasez extrema obliga a las instituciones a hacer más con menos, sin que eso signifique que el sistema que la genera sea sostenible o deseable.

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