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🇻🇪 Venezuelalunes, 15 de junio de 2026

La paradoja que El País destapa hoy en su reportaje sobre Venezuela no es nueva en la historia de las migraciones forzadas, pero sí lo es la forma en que se presenta: un país que necesita desesperadamente lo que expulsó. No se trata solo de cifras de fuga de cerebros, fenómeno documentado hasta el cansancio por organismos internacionales. Se trata de algo más incómodo: la prensa extranjera está descubriendo que Venezuela, en su intento de recuperación económica, choca de frente con una realidad que su propio colapso produjo.

El hilo narrativo que trae El País es particularmente revelador porque coloca en el mismo plano dos crisis que parecen técnicas pero que son profundamente políticas. La vulnerabilidad del sistema eléctrico no es un accidente de ingeniería; es el resultado de años de negligencia, corrupción y fuga de talento. Y la ausencia de ingenieros, técnicos y operadores tampoco es un problema demográfico abstracto: es la consecuencia directa de que nueve millones de venezolanos hayan tenido que marcharse. El periódico español, al traer el testimonio de una ejecutiva de Chevron explicando ambas cosas casi sin darse cuenta de que estaba trazando un retrato de la catástrofe, está haciendo algo que la prensa internacional no siempre logra: mostrar cómo los síntomas económicos son en realidad síntomas políticos.

Lo que merece atención es lo que esta cobertura omite o, mejor dicho, lo que apenas esboza. El reportaje habla de expectativas de crecimiento disparadas para Venezuela, pero no profundiza en quién está generando esas expectativas ni bajo qué condiciones. ¿Son expectativas genuinas de recuperación o son apuestas especulativas de actores externos que ven oportunidad en la debilidad institucional? El hecho de que Chevron tenga ejecutivos en ferias industriales en Caracas es relevante, pero la prensa extranjera tiende a tratarlo como un signo de normalización cuando podría ser un signo de que los términos de la reconstrucción económica ya están siendo negociados sin la participación de quienes fueron expulsados.

Hay también una ironía que la cobertura internacional deja flotar sin resolverla: Venezuela busca recuperar el talento que expulsó, pero ¿bajo qué garantías? ¿Qué les ofrece a esos nueve millones de venezolanos dispersos para que regresen? El reportaje menciona a trabajadores de PDVSA en Calgary y a ingenieros civiles en Nueva York, pero no indaga en si existe un plan real de repatriación o si esto es simplemente un reconocimiento de que la recuperación económica será más lenta y más difícil de lo que algunos esperan. La prensa extranjera, en su afán de documentar la crisis, a menudo se queda en el nivel del diagnóstico sin preguntarse por las condiciones políticas que harían posible una solución.

Lo que emerge de esta cobertura, entonces, es un relato de contradicción: un gobierno que necesita lo que destruyó, una economía que no puede levantarse sin los hombres y mujeres que expulsó, y una comunidad internacional que observa cómo se intenta resolver con inversión privada y feria industrial lo que es fundamentalmente un problema de legitimidad y confianza. El País no lo dice así, pero lo muestra. Y eso es lo que distingue a la buena prensa extranjera: la capacidad de dejar que los hechos hablen de lo que realmente está en juego.

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