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🇧🇴 Boliviamartes, 16 de junio de 2026

La estrategia de Rodrigo Paz frente a la crisis boliviana que reporta El País América esta semana introduce un matiz que merece atención: la deliberada evitación de la represión armada como herramienta de control político. En un país donde los precedentes recientes de intervención militar han dejado cicatrices profundas, la opción de "desgastar" las protestas en lugar de dispersarlas por la fuerza representa, al menos en la narrativa presidencial, un alejamiento de la lógica de confrontación directa.

Pero aquí está el problema con cómo la prensa extranjera está enmarcando esta noticia: la presenta como una decisión virtuosa, casi como un gesto de contención democrática. El vocero presidencial declara que "la nueva Bolivia se construirá con diálogo, sin dar lugar a la violencia", y El País recoge la frase como si fuera evidencia de un cambio de rumbo genuino. Lo que queda en la sombra es menos romántico. Paz ha promulgado una ley que regula los estados de excepción, mantiene bloqueadas las carreteras hace mes y medio, y está persiguiendo líderes sociales a través de detenciones y "persuasión". Eso no es diálogo. Es represión sin uniforme.

El encuadre internacional tiende a leer la ausencia de tanques en las calles como ausencia de represión. Es un error común cuando se cubre América Latina. Confunde la forma con la sustancia. Un gobierno que agota a la población mediante bloqueos económicos, que captura dirigentes, que fragmenta movimientos sociales mediante presión selectiva, está ejerciendo violencia de estado tanto como uno que desplega militares. Solo que es una violencia más difícil de fotografiar, más fácil de disfrazar con lenguaje institucional.

Lo que falta en la cobertura es precisamente eso: una pregunta sobre qué significa "desgastar" las protestas. Cuántos días sin combustible, sin alimentos, sin medicinas puede soportar una población antes de que la "paciencia" se convierta en capitulación. Cuántos dirigentes pueden ser detenidos antes de que los movimientos sociales se disuelvan no por falta de demanda, sino por falta de liderazgo visible. El País registra la estrategia de Paz, pero no interroga sus costos reales.

Hay también una ausencia notable: Bolivia sigue siendo un país donde un mes y medio de parálisis social genera apenas este titular, sin análisis de qué pide la calle, sin contexto sobre por qué Paz enfrenta estas protestas, sin perspectiva sobre si su gobierno tiene legitimidad para gobernar o si es, como muchos sugieren desde adentro, un gobierno de facto. La prensa extranjera ve la tácica. No ve la crisis política que la genera.

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