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martes, 16 de junio de 2026

🌎 América Latinamartes, 16 de junio de 2026

La prensa internacional que hoy cubre a Guatemala construye su narrativa sobre la seguridad pública alrededor de un supuesto que conviene examinar: la idea de que los números de operativos, capturas y decomisos constituyen por sí solos evidencia de avance institucional. Infobae América, en su cobertura de los resultados anunciados por el Ministerio de Gobernación entre el 6 y el 14 de junio, reproduce sin mayor cuestionamiento una lógica que los gobiernos de la región han perfeccionado: la presentación de la actividad como sinónimo de eficacia.

El detalle es significativo. Se reportan 253 allanamientos, 192 capturas, 43 armas incautadas, 80 menores y 51 adultos mayores localizados durante las operaciones. Se menciona la desarticulación de células de la Mara Salvatrucha, la captura de responsables de secuestros, la liberación de víctimas de trata. El desmontaje de 180 cámaras clandestinas de videovigilancia aparece como un logro tangible contra el control territorial de las pandillas. La cifra de 2.886.609 plantas de marihuana erradicadas desde enero se presenta con la precisión de quien contabiliza victorias. Todo esto se acompaña de anuncios de cooperación renovada con Estados Unidos, del retorno del Grupo Vulcano del FBI, de la graduación próxima de 3.200 nuevos agentes policiales.

Lo que la cobertura internacional no interroga es la pregunta que debería estar implícita en todo este despliegue: si estas operaciones representan un cambio de tendencia o si constituyen, en cambio, la gestión permanente de una crisis que no cede. Guatemala sigue siendo un territorio donde las pandillas mantienen infraestructura de vigilancia sofisticada, donde el secuestro y la trata persisten como estructuras criminales organizadas, donde la necesidad de que agencias estadounidenses regresen a trabajar en territorio nacional sugiere que la capacidad institucional local permanece limitada. Los números de operativos no responden la pregunta fundamental: ¿hacia dónde va la violencia criminal en el país?

Hay además un encuadre que merece atención: la forma en que la prensa extranjera presenta la cooperación con Estados Unidos. Se enuncia como apoyo en capacitación, inteligencia y equipamiento, pero se omite una realidad incómoda que la región vive con frecuencia: la dependencia de agencias estadounidenses para tareas que deberían ser capacidad estatal consolidada. El regreso del FBI en julio no es un dato menor de cooperación internacional. Es un indicador de que Guatemala, después de décadas de operativos contra el crimen organizado, aún requiere que actores externos lideren investigaciones sobre fugados de centros de detención. Que esto se presente como continuidad de trabajo, sin señalar la interrupción previa por falta de coordinación con la administración anterior, suaviza una realidad más áspera: la fragilidad de las instituciones de seguridad guatemaltecas.

La cobertura de Infobae también tiende a aceptar el lenguaje de las autoridades sin fricción. Se habla de "debilitar la infraestructura de control territorial de las pandillas" como si cada operativo acumulara daño irreversible a estructuras criminales que, sin embargo, siguen operando. Se reporta que se evitaron 18 homicidios, pero no se contextualiza cuántos homicidios ocurrieron en ese mismo período, o cuál es la tendencia general de la violencia letal. Los números de drogas incautadas —8,4 toneladas de cocaína, cuatro millones de plantas de hoja de cocaína— suenan imponentes hasta que se consideran en perspectiva: Guatemala sigue siendo un corredor de tránsito para cantidades vastamente mayores que fluyen hacia Estados Unidos.

Lo que la prensa internacional ve en Guatemala es, en buena medida, lo que el gobierno quiere que vea: actividad, movimiento, coordinación internacional, promesas de refuerzo. Lo que tiende a no ver, o ve de reojo, es la pregunta sobre sostenibilidad, sobre si la arquitectura institucional de seguridad pública en Guatemala tiene la solidez necesaria para que estos operativos representen algo más que la gestión perpetua de una crisis que estructura la vida cotidiana del país. Eso requeriría una mirada menos deslumbrada por los números y más atenta a las preguntas incómodas que los números no responden.

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