La prensa internacional ha encontrado en los picarones el pretexto perfecto para narrar una verdad incómoda sobre Chile que trasciende la gastronomía: la dificultad de una nación para reclamar como propios los símbolos que la definen. El País América publica hoy un artículo que, en apariencia, es una crónica festiva sobre un dulce de invierno. En realidad, es un ejercicio de desposesión narrativa que Chile debería reconocer como tal.
El mecanismo es elegante. El medio español comienza con una pregunta que suena inocente: ¿de dónde vienen los picarones? Y la respuesta, entregada con cierta solemnidad histórica, es que vienen de Perú. No de España, aunque el artículo reconozca que descienden de los buñuelos españoles. No de Chile, aunque Chile los haya hecho suyos hace casi dos siglos. Vienen de Perú, de una negra vendedora llamada Rosalía, de soldados chilenos que participaban en campañas militares en Lima, de un paseo junto al río Rímac. El relato tiene toda la textura de lo auténtico, toda la pátina de lo documentado. El País cita a historiadores, a gastrónomos, ofrece fechas, títulos de libros. Pero el efecto neto es que Chile aparece como un país que consume, que adopta, que recibe. Nunca como un país que inventa o que transforma.
Lo que merece examen es cómo el encuadre extranjero utiliza la precisión histórica como herramienta para establecer una jerarquía de autenticidad. Sí, los picarones tienen un origen peruano documentado. Pero la pregunta que El País no se hace es: ¿cuándo deja un alimento de ser peruano y se convierte en chileno? ¿Cuándo la adopción se vuelve creación? ¿Cuándo la memoria colectiva de un pueblo tiene derecho a reclamar algo como propio, aunque no lo haya inventado? La prensa internacional, en su afán por ser rigurosa, se niega a responder estas preguntas. Prefiere quedarse en el dato, en la anécdota, en la genealogía. Prefiere decir que Chile es un país que hereda, no que uno que integra.
Hay una ironía adicional en el tono del artículo. El País escribe sobre los picarones como si estuviera revelando un secreto que los chilenos ignoran. El titular dice explícitamente: "pocos saben que vienen de Perú". Pero ¿es verdad que pocos saben? ¿O es que la prensa internacional necesita que sea verdad para poder contar su historia de la manera que la cuenta? El efecto es que Chile aparece como un país sin memoria de sí mismo, que consume sus propias tradiciones sin saber de dónde vienen, que vive en una ignorancia que la prensa extranjera se apresura a iluminar.
Lo que está en juego aquí es más profundo que la procedencia de un dulce. Es la pregunta sobre quién tiene autoridad para narrar la identidad de un país. Cuando la prensa internacional se apropia de la tarea de explicarle a Chile quiénes son los chilenos, quién es Rosalía, de dónde vienen sus tradiciones, está ejerciendo una forma de poder que es tan antigua como la prensa misma. No es un poder violento. Es un poder narrativo. Es el poder de decir: ustedes no saben lo que son, déjennos que se lo expliquemos.
Chile podría responder de varias maneras. Podría insistir en que los picarones son chilenos porque hace casi dos siglos que los come, que los ha transformado, que los ha hecho parte de su invierno, de su memoria colectiva, de su identidad. Podría argumentar que toda cultura es una mezcla, que la adopción es una forma de creación, que la memoria no necesita de la genealogía para ser legítima. O podría simplemente comerse un picarón en invierno y dejar que la prensa extranjera escriba lo que quiera.
Pero lo que no debería hacer es ignorar lo que está sucediendo: que mientras Chile enfrenta sus propias urgencias, la prensa internacional continúa narrando su identidad desde afuera, con precisión histórica y cierta condescendencia amable, como quien explica a un niño de dónde vienen las cosas que cree que son suyas.