La prensa internacional ha encontrado hoy en Marcelo Bielsa una salida narrativa más cómoda que enfrentar lo que Uruguay realmente es en este Mundial. Mientras el equipo acaba de empatar contra Arabia Saudita en un resultado que debería exigir preguntas incómodas sobre su nivel actual, la BBC Latin America elige concentrarse en el gesto de un entrenador que se niega a mirar a la cámara en una sesión de fotos.
El ángulo es revelador por lo que evita. La cobertura de Bielsa y su retrato desviado hacia abajo funciona como un escape perfecto: permite hablar de Uruguay a través de la excentricidad, de la personalidad, del maverick que se sienta en una caja de hielo durante los partidos. Es mucho más seguro que interrogar por qué un equipo que presuntamente pertenece a la élite mundial apenas logra no perder contra un rival que, hace una semana, habría sido descartado sin dudarlo.
Lo que la BBC subraya es el rechazo de Bielsa a participar en el ritual de la fotografía oficial, su negativa a "jugar para la cámara" como hacen los demás. Se lo presenta como coherente con su reputación de hombre que preferiría estar analizando partidos. Pero hay una ironía no examinada aquí: mientras Bielsa rechaza el espectáculo de la foto, su equipo acaba de protagonizar un espectáculo mucho más incómodo en el campo. Y la prensa internacional, en lugar de presionar sobre eso, celebra su rechazo a las convenciones menores.
Bielsa, con su respuesta evasiva sobre por qué usa gafas o por qué mira hacia abajo, termina siendo presentado como un intelectual que está por encima de estas frivolidades. La BBC lo retrata con una mezcla de admiración y perplejidad ante su falta de cooperación. Pero esa falta de cooperación en una sesión de fotos es mucho más fácil de narrar que la falta de cooperación de Uruguay en el terreno de juego.
Lo que desaparece del encuadre es la pregunta verdadera: si un técnico de la talla de Bielsa, respetado en el mundo, no logra que Uruguay gane contra Arabia Saudita, ¿qué está pasando realmente? ¿Es un problema de transición generacional? ¿De desgaste? ¿De que el fútbol mundial simplemente ha avanzado más rápido que lo que Uruguay puede seguir? Estas preguntas son incómodas, complejas, exigen análisis sostenido. Es mucho más simple hablar de un entrenador que mira hacia abajo en una foto.
La prensa extranjera, en su cobertura de Bielsa, ha optado por lo que siempre ha sido su debilidad con Uruguay: preferir la anécdota de la personalidad a la anatomía del declive. Y Bielsa, con su negativa a explicar nada, con su insistencia en que no hay nada raro en usar gafas o mirar hacia abajo, colabora sin saberlo en esa distracción. Uruguay desaparece nuevamente, esta vez no detrás de un empate inesperado, sino detrás del temperamento de quien lo dirige.