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🇨🇱 Chilemiércoles, 24 de junio de 2026

La prensa internacional vuelve hoy a Chile, pero nuevamente lo hace a través de un cristal que filtra el presente. El documental de Alfredo Pourailly De La Plaza sobre Toto Gesell, el buscador de oro de Tierra del Fuego, es objeto de admiración en medios anglosajones, y la admiración es genuina: el trabajo de cámara es meticuloso, la narrativa de Jorge construyendo el trommel para aliviar el trabajo de su padre tiene toda la potencia de una parábola sobre el tiempo que se agota. The Guardian o sus equivalentes internacionales describen esto con el lenguaje de quienes contemplan un oficio en trance de desaparición, una forma de vida que resiste en los márgenes, tocada por la belleza.

Pero hay algo en este encuadre que merece atención. La prensa extranjera está encontrando en Chile, una vez más, un país de texturas: paisajes de Tierra del Fuego que funcionan como telón de fondo, profesiones que pertenecen al pasado, personajes cuya dignidad radica precisamente en su anacronismo. Toto Gesell no es un símbolo de modernización fallida ni de desigualdad estructural. Es un hombre que ama su oficio, que mantiene un diario, cuyas manos cuentan una historia. Es, en otras palabras, seguro de mirar.

Lo que la cobertura internacional omite —o quizá no puede ver desde donde está parada— es que esta persistencia de oficios antiguos en Chile no es folclore. Es, con frecuencia, la ausencia de alternativas. Que Toto Gesell siga buscando oro en un arroyo de Tierra del Fuego a su edad no es solo un acto de amor por una profesión ancestral. Es también una realidad económica. Que su hijo deba construir una máquina para que el trabajo sea menos destructivo para el cuerpo de su padre es, simultáneamente, un acto de piedad filial y un indicio de que el país no ha generado para este hombre otras rutas de vida.

La prensa extranjera mira esto con ternura. Y la ternura, cuando se aplica a realidades de precariedad, es a veces una forma de distancia. Es la mirada de quien observa desde un lugar donde los oficios antiguos son elecciones estéticas, no necesidades económicas. El documental de Pourailly parece ser un trabajo serio, pero su recepción internacional lo inserta en una narrativa que Chile reconoce bien: la del país pintoresco, el país de contrastes dignos de admiración, el país donde la pobreza y la resistencia se vuelven hermosas cuando la cámara sabe cómo iluminarlas. Esto no invalida el film. Pero sí revela algo sobre lo que la prensa internacional prefiere ver cuando mira hacia el sur.

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