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🇨🇺 Cubamiércoles, 24 de junio de 2026

Hay un momento en que la prensa extranjera deja de reportar sobre un país y comienza a hablar consigo misma. El fragmento que El País América publica hoy bajo el título "El idioma nacional" marca precisamente ese punto de inflexión en la cobertura sobre Cuba.

Lo que aparece en esas líneas no es información recogida en la calle, ni una entrevista, ni un análisis de datos. Es una reflexión que suena a testimonio personal, a voz de alguien que observa desde dentro o muy cerca, y que formula una conclusión de una severidad casi literaria: la revolución prometía cambio, pero lo que entregó fue la suma de toda la inmoralidad. No la inmoralidad, note bien el lector. La inmoralidad. Como si el acto de nombrar fuera suficiente para sellar un veredicto.

El encuadre que emerge aquí es particularmente revelador porque abandona el territorio de la verificación para instalarse en el de la síntesis moral. El País no presenta un problema específico, una política fallida, una cifra que contradice una promesa. Presenta una acumulación: desigualdad, derrota de la salud pública, individualismo feroz, monopolios privados. Y luego, como si fuera lo mismo, agrega: presos políticos, censura, partido único, propaganda. La estructura del argumento sugiere que no hay diferencia sustancial entre una crisis económica y una represión política, entre un fracaso de gestión y una negación de libertades. Todo se disuelve en una sola categoría: la inmovilidad.

Lo que es notable aquí no es que la prensa internacional critique a Cuba. Lo es que lo haga mediante una operación retórica que iguala registros completamente distintos. Cuando se dice que "el cambio era esto: la suma de toda la inmovilidad", se está afirmando que nada ha cambiado en Cuba desde 1959, o que todo cambio es ilusorio. Es una afirmación de una radicalidad absoluta que, precisamente por serlo, reclama una justificación más rigurosa que la que El País proporciona en este fragmento.

El silencio editorial es elocuente: no hay contexto temporal, no hay comparación con otros momentos de la historia cubana reciente, no hay diferenciación entre lo que era verdad hace cinco años y lo que es verdad hoy. Solo hay una sentencia. Y esa sentencia, formulada en primera persona plural ("Todo lo que iba a sucedernos ya nos ocurrió"), asume que hay un nosotros que comparte esa experiencia, esa decepción, esa conclusión. No es claro quién es ese nosotros. Pero su presencia en el texto es precisamente lo que convierte la observación en algo más que periodismo: la convierte en identificación.

Esto es importante porque marca un desplazamiento en cómo la prensa internacional está enmarcando a Cuba en este momento. No como un país que experimenta una crisis, sino como un experimento histórico que ha fracasado de manera tan completa que ya no merece ni el análisis detallado: merece solo la epitafio. Y los epitafios, por definición, no requieren pruebas. Requieren solo consenso.

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