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🌎 América Latinamiércoles, 24 de junio de 2026

La prensa internacional que cubre a Brasil ha encontrado en el fútbol de la Copa del Mundo 2026 un escenario que revela algo persistente sobre cómo lee a América Latina: la tendencia a construir narrativas donde los equipos latinoamericanos aparecen como referencias inevitables contra las cuales otros deben medirse, pero nunca como sujetos de incertidumbre genuina.

La cobertura de la RFI sobre el enfrentamiento entre Brasil y Escócia es instructiva en este sentido. El medio francés estructura el relato de un modo que merece atención porque es sutil. Brasil no es presentado como un equipo que enfrenta desafíos o que podría estar en riesgo. Es presentado como una institución futbolística inmóvil, casi una fuerza de la naturaleza contra la cual Escócia se atreve a competir. El treinador escocés Steve Clarke habla de admiración histórica por Brasil, de crecimiento bajo esa admiración, de la necesidad de "no amar Brasil" para poder ganar. El capitán Andy Robertson, por su parte, subraya que van a dar "100%" como si eso fuera un acto de heroísmo contra lo inevitable.

Lo que desaparece en este encuadre es cualquier vestigio de vulnerabilidad brasileña. El texto menciona de pasada que Brasil "terminó en quinto lugar" en las eliminatorias, un dato que podría sugerir cierta fragilidad en la clasificación. Pero ese dato se disuelve inmediatamente en la caracterización de Brasil como equipo que "puede ser una gran amenaza" y que espera "llegar a las semifinales". No hay aquí pregunta alguna sobre si Brasil está realmente en forma, sobre qué significa terminar quinto, sobre si hay grietas en el equipo pentacampeón. La narrativa internacional asume que Brasil es Brasil, punto.

Esto es particularmente notable cuando se contrasta con cómo la prensa extranjera cubre a equipos europeos en circunstancias similares. Cuando una selección europea enfrenta a una potencia, los medios internacionales tienden a explorar las variables, las debilidades potenciales del favorito, los escenarios donde el underdog podría prevalecer. Aquí, en cambio, la cobertura de la RFI convierte a Brasil en un monolito casi mitológico: admirado, respetado, pero fundamentalmente incuestionable.

El retrospecto de cinco encuentros entre ambas selecciones, mencionado al final, refuerza este patrón. Tres victorias brasileñas y un empate se presentan como un dato que cierra la cuestión, no como información que abre preguntas. ¿Cuándo fue ese empate? ¿En qué contexto? ¿Qué cambió desde entonces? Nada de eso importa. Lo que importa es que Brasil ganó casi siempre, y eso es suficiente para establecer una jerarquía que la cobertura internacional da por sentada.

La ironía es que esta forma de mirar a Brasil, aunque superficialmente aduladora, es en realidad una forma de negación. Niega a Brasil como equipo vivo, sujeto a presiones, a cambios, a la posibilidad de sorpresas. Lo convierte en un referente estático contra el cual se mide el resto del mundo. Es una forma de exotismo deportivo: Brasil es grande no porque gane partidos específicos en contextos específicos, sino porque es Brasil. La prensa internacional ha encontrado en esto una narrativa cómoda que no requiere análisis profundo, solo admiración documentada.

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