La catástrofe que azotó Venezuela el 24 de junio presenta a la prensa internacional una encrucijada narrativa que revela algo incómodo sobre su manera de leer los colapsos institucionales en América Latina. France 24, en su cobertura de los terremotos, no comete el error de ignorar la dimensión política de la tragedia. Pero sí comete otro, más sutil: encuadra la debilidad estatal como un dato de contexto, cuando en realidad es el núcleo de la historia.
El medio francés documenta con precisión los hechos: 188 muertos, 157 desaparecidos, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que golpearon el norte del país en menos de un minuto. Pero la verdadera noticia, según su construcción, es que los vecinos rescataban con las manos mientras "la ayuda estatal se hace esperar". Eso es correcto. Lo que falta es la pregunta que debería acompañar esa constatación: ¿por qué un Estado que controla el territorio, que ha consolidado estructuras represivas sofisticadas, que interviene organizaciones de la sociedad civil, resulta incapaz de organizar una respuesta de emergencia elemental?
France 24 toca el asunto. Cita al periodista Luis Carlos Díaz explicando que un bombero venezolano cobra diez dólares al mes, que un profesor de ingeniería gana cerca de un dólar. Menciona la "ley antiONG" de noviembre de 2024, la intervención de la Cruz Roja, la salida de organizaciones humanitarias tras el informe sobre Citgo. Pero estos datos aparecen como ilustración de una "vulnerabilidad extrema" preexistente, no como explicación de por qué el Estado no puede responder ahora.
Hay una diferencia importante. Una cosa es decir que Venezuela era frágil antes del terremoto. Otra es reconocer que la fragilidad no es accidental sino producto de decisiones políticas deliberadas. La represión a la sociedad civil, el vaciamiento de capacidades técnicas, el desmantelamiento de redes de emergencia, la imposición de marcos legales que inhiben la acción autónoma: no son síntomas de un colapso. Son la arquitectura de un Estado que ha elegido concentrar poder a costa de perder capacidad operativa.
La prensa extranjera, cuando cubre desastres naturales en América Latina, tiende a separar lo que debería permanecer unido: el evento físico de sus consecuencias políticas. El terremoto fue un fenómeno geológico. La respuesta fallida es un fenómeno de gobierno. France 24 documenta ambos, pero los trata como fenómenos distintos, cuando la verdadera historia es que uno expone al otro.
Lo que la cobertura no hace, o apenas insinúa, es preguntarse si esa incapacidad de respuesta es un accidente o un patrón. Si es una consecuencia de la crisis económica o una característica de cómo se ha reorganizado el Estado bajo Maduro. Si la represión a organizaciones humanitarias fue un precio pagado por otras prioridades políticas. Si, en otras palabras, Venezuela no rescata con las manos porque sea pobre, sino porque ha elegido estructurarse de una manera que hace imposible la movilización rápida de recursos, incluso cuando la vida depende de ello.
Eso no es una acusación. Es un análisis. Y es lo que la prensa internacional, incluso cuando reportea con rigor, tiende a evitar: la pregunta incómoda sobre la relación entre forma de gobierno y capacidad de respuesta ante crisis. Prefiere el registro de lo que sucede, que es importante, pero deja sin examinar el por qué institucional de que suceda de esa manera específica.