La prensa internacional enfoca hoy a Cuba desde un ángulo que, sin ser del todo nuevo, adquiere una tonalidad peculiar: la de la supervivencia a través de la transición energética. France 24 plantea la pregunta con una claridad casi ingenua: ¿puede la energía solar ayudar a Cuba a sobrevivir el bloqueo petrolero estadounidense? Detrás de esa pregunta se anida un encuadre que merece examen.
El reportaje sitúa a China como protagonista activo de una solución que, en teoría, permitiría a la isla escapar de una trampa que la prensa internacional ha documentado hasta el cansancio: la dependencia del petróleo en un contexto de restricciones estadounidenses. Los datos son concretos. France 24 menciona que las importaciones de paneles solares y baterías han experimentado un aumento significativo en el último año, lo que ha permitido a Cuba construir docenas de nuevos parques solares. Esto es verificable y, en términos de política energética, representa un movimiento real.
Pero lo que resulta revelador es el marco narrativo que la prensa extranjera ha elegido para presentar esta realidad. Al formular la pregunta como un problema de supervivencia que podría resolverse mediante tecnología limpia, el reportaje desplaza el centro de gravedad del análisis hacia un terreno donde Cuba deja de ser un actor pasivo de su propia crisis para convertirse en un sujeto que, con ayuda china, intenta adaptarse. Esto es, en cierto sentido, más optimista que la cobertura reciente que se ha enfocado en la inmovilidad institucional o en el deterioro cotidiano de la vida material.
Sin embargo, la pregunta misma contiene una suposición que la prensa no examina: que la energía solar es una solución al bloqueo. No lo es, al menos no en el sentido que sugiere la formulación. El bloqueo estadounidense no es un problema de energía renovable; es una restricción política sobre importaciones y transacciones. Que Cuba importe paneles solares de China es un hecho. Que eso resuelva el bloqueo es otra cosa. La prensa internacional, al plantear la cuestión de este modo, corre el riesgo de confundir adaptación con solución, y de atribuir a la tecnología una capacidad política que no posee.
Lo que sí emerge del reportaje, aunque no se formule explícitamente, es la realidad de que China se ha convertido en un actor indispensable en la ecuación cubana. Las importaciones de paneles y baterías, el financiamiento implícito que eso representa, la construcción de parques solares: todo ello dibuja una dependencia que, aunque distinta de la que Cuba vivió con la Unión Soviética, no es menos estructural. La prensa extranjera no parece estar explorando con suficiente profundidad qué significa para Cuba esta reconfiguración de sus relaciones de poder económico.
Hay, además, una ausencia notable en el reportaje: el costo social y político de una transición energética acelerada. ¿Cuántos empleos se pierden en el sector petrolero? ¿Cómo se redistribuyen los recursos? ¿Qué tensiones genera en la sociedad cubana una transformación de esta magnitud? France 24 no lo pregunta. Su mirada se detiene en los paneles solares y en la promesa de que la tecnología podría aliviar la presión del bloqueo. Es una perspectiva que, aunque no es falsa, es incompleta.
Lo que la prensa internacional está haciendo hoy, en suma, es ofrecerle a Cuba un relato de esperanza tecnológica en un momento en que otros reportajes han insistido en la desesperanza institucional. Ambos narrativas pueden ser ciertas simultáneamente. Pero el encuadre de la energía solar como solución al bloqueo tiende a despolitizar un problema que es, en su esencia, político. Y eso, aunque no sea intención explícita de France 24, es también una forma de distorsión.