La caída de Manuel Adorni como jefe de Gabinete de Javier Milei ofrece a la prensa internacional un espectáculo que France 24 encuadra, previsiblemente, como un drama de corrupción en el seno de un gobierno libertario. Pero el encuadre mismo merece atención, porque revela una forma de leer América Latina que tiende a ver los escándalos de poder como confirmaciones de un patrón invariable, antes que como síntomas de dinámicas políticas más complejas.
El relato de France 24 es, en lo factual, impecable. Adorni ocultó medio millón de dólares en sus declaraciones patrimoniales, realizó compras de equipamiento de videojuegos usando tarjetas de funcionarios subordinados, fue investigado por presunto enriquecimiento ilícito. Estos son hechos que merecen cobertura seria. Pero lo que el medio francés enfatiza, casi de manera automática, es la idea de que un gobierno que llegó al poder prometiendo combatir la corrupción cae víctima de ella. El titular mismo, "¿por qué cayó Adorni?", plantea la pregunta como si la respuesta fuera obvia: porque los gobiernos de derecha en América Latina son corruptos, como todos los demás.
Hay un elemento que France 24 toca pero no desarrolla: que Adorni fue relevado de sus funciones de portavoz antes de renunciar, que la oposición movía interpelaciones en el Congreso, que la presión política funcionó. Esto sugiere que, al menos en este caso, los controles institucionales operaron. El escándalo fue expuesto, investigado judicialmente, debatido públicamente, y el funcionario fue forzado a salir. No es un patrón de impunidad; es un patrón de rendición de cuentas, aunque sea tardía e incómoda para el gobierno.
Pero la prensa extranjera raramente subraya esto cuando reporta sobre América Latina. Tiende a ver la corrupción como un rasgo sistémico, casi civilizacional, que confirma la inestabilidad política de la región. En el caso de Adorni, el encuadre internacional omite una pregunta más interesante: qué dice sobre la política argentina que un gobierno que prometía ruptura radical con el establishment haya generado, apenas dos años y medio después, un escándalo de enriquecimiento ilícito que replica exactamente los patrones que denunciaba. No es un problema de corrupción latinoamericana genérica; es un problema de contradicción interna en el proyecto libertario de Milei.
Adorni, según el artículo de France 24, fue periodista, analista económico, participante en programas de debate, ganador del premio Martín Fierro Digital por sus críticas al kirchnerismo. Era, en otras palabras, parte del ecosistema mediático que Milei también habitaba. Conoció al presidente en un estudio de televisión. Esto importa, porque sugiere que la llegada de Adorni al poder no fue un acto de ruptura sino de continuidad: el mismo círculo que criticaba al establishment desde afuera entró a gobernarlo desde adentro. Y replicó sus prácticas.
La prensa internacional ve esto y lo traduce al idioma que conoce: corrupción, escándalo, caída de funcionarios. Pero pierde de vista lo que sería una historia más profunda: cómo un movimiento que se definía por su oposición radical a la política tradicional argentina terminó siendo capturado por ella en cuestión de meses. Eso requeriría una mirada menos superficial sobre qué significa gobernar en Argentina, cuáles son las presiones que moldean a los gobiernos, cómo la cercanía al poder transforma a quienes llegan a él sin experiencia de gestión.
France 24 reporta los hechos. Pero el encuadre que elige, el énfasis que pone, la pregunta que formula, todo ello refuerza la narrativa de que América Latina es un lugar donde la corrupción es inevitable, donde los gobiernos caen por escándalos de dinero, donde la política es un circo de ambiciones personales. Puede ser verdad. Pero es también una forma de no ver lo que está pasando realmente: que los gobiernos de la región, incluso los que prometen transformación, están atrapados en estructuras que los corrompen, y que la pregunta verdadera no es por qué cayó Adorni, sino por qué Milei lo eligió, lo mantuvo durante meses bajo investigación, y solo actuó cuando la presión política hizo insostenible su permanencia.