La prensa internacional que hoy cubre América Latina enfrenta una paradoja que merece ser nombrada: mientras dedica atención considerable a crisis humanitarias de escala épica, tiende a encuadrarlas de modo que las despoja de su dimensión política más incómoda. El artículo de Infobea sobre el Corredor Seco es un ejemplo notable de esta dinámica.
El reportaje presenta cifras que deberían resultar alarmantes incluso para lectores habituados a malas noticias: tres millones de personas en Guatemala en inseguridad alimentaria crítica, 1.6 millones en Honduras en crisis o peor, 5.8 millones en Haití, el 52 por ciento de su población. El informe de la FAO y el PMA que cita coloca la región centroamericana entre los trece focos críticos de hambre aguda a nivel planetario. Esas cifras son reales, documentadas, verificables. Pero el encuadre que las rodea revela algo interesante sobre cómo la prensa extranjera tiende a narrar el colapso en América Latina.
El artículo identifica tres "motores principales" de la crisis: conflictos armados, crisis económicas y eventos climáticos extremos. Es una enumeración ordenada, casi neutral. Pero el orden mismo es revelador. Cuando se menciona la violencia en el Corredor Seco, aparece como un factor ambiental más, comparable al fenómeno de El Niño. Se describe, se cuantifica, se integra en un análisis sistémico. Lo que desaparece es cualquier pregunta sobre responsabilidad política específica, sobre decisiones de gobiernos, sobre la arquitectura de poder que permite que una sequía se convierta en hambruna mientras existen recursos disponibles en otros lugares.
Considérese el dato del recorte del 59 por ciento en la ayuda alimentaria internacional desde 2022. Es mencionado casi de pasada, como un factor más en la ecuación. Pero ese número es, en realidad, una decisión política: alguien, en algún lugar, decidió que Guatemala y Honduras merecían menos recursos humanitarios. La prensa internacional lo registra, pero no lo interroga. No pregunta quién cortó, por qué, bajo qué presiones presupuestarias o geopolíticas. Simplemente lo anota, como si fuera un evento natural.
Hay también una ausencia notable en el relato. El Corredor Seco es una región donde operan actores estatales débiles, donde la violencia criminal es endémica, donde las instituciones públicas de salud y educación funcionan con recursos mínimos. Pero el artículo no explora cómo esos gobiernos han respondido, qué políticas han implementado, qué capacidades poseen o carecen para anticipar y mitigar estas crisis. La FAO y la PMA hablan de "prevención" y "sistemas de alerta temprana" como si fueran herramientas técnicas neutrales, desconectadas de la realidad política de territorios donde el Estado tiene presencia limitada.
Lo que la prensa extranjera tiende a hacer, en estos casos, es transformar una crisis política en una crisis técnica. Esto tiene ventajas: permite hablar de números, de clasificaciones IPC, de consensos técnicos. Permite que el lector extranjero comprenda la magnitud sin necesidad de entender la complejidad local. Pero también tiene un costo: despolitiza lo que es fundamentalmente un problema de poder, de decisiones humanas sobre quién merece recursos y quién no.
Haití merece mención aparte. Con 1.8 millones de personas en emergencia alimentaria, el país caribeño aparece en el artículo como una geografía de colapso, donde "la violencia armada, el desplazamiento interno y el colapso económico" operan como fuerzas casi naturales. Pero la violencia armada en Haití no es un fenómeno meteorológico. Es el resultado de intervenciones externas, de abandono internacional, de decisiones sobre cuándo y cómo se despliegan fuerzas de seguridad. El encuadre de Infobea no lo niega, pero tampoco lo subraya. Lo trata como contexto, como parte del paisaje de la catástrofe.
Lo que emerge de esta lectura es que la prensa internacional, cuando cubre hambre en América Latina, tiende a enfatizar la escala de la crisis y la urgencia de la respuesta humanitaria, pero evita preguntas sobre las estructuras que la producen. Es más cómodo hablar de sequía, de inflación, de caída de remesas, que preguntar por qué Guatemala, con recursos agrícolas considerables, no puede alimentar a su población. Es más seguro mencionar que la ayuda se redujo un 59 por ciento que investigar quién tomó esa decisión y bajo qué lógica.
El artículo de Infobea no es malo. De hecho, es bastante riguroso en lo factual. Pero su rigor factual no debe confundirse con rigor político. La región está en crisis, eso es cierto. Pero la prensa extranjera tiende a cubrir esa crisis como si fuera un problema de naturaleza y recursos, cuando en realidad es un problema de poder: quién decide qué, quién se beneficia, quién paga el costo. Esas preguntas raramente aparecen en el encuadre internacional, y su ausencia es, en sí misma, una forma de respuesta.