La prensa internacional encuentra en el incidente de Cabo San Lucas un reflejo de una México que pierde el control sobre sí misma, incluso en sus momentos de alegría. El New York Times reporta la muerte del conductor que atropelló a diecisiete personas durante las celebraciones por la victoria de la selección nacional contra República Checa, y en esa narrativa late una pregunta que la cobertura extranjera formula sin decirla explícitamente: ¿qué clase de país es aquel donde una multitud celebrando puede convertirse en caos letal en cuestión de segundos?
El encuadre del Times es instructivo por lo que enfatiza y por lo que evita. El periódico estadounidense subraya la violencia de la muchedumbre contra el automóvil: gente sacudiendo el vehículo, golpeándolo, lanzando objetos. Describe a un conductor "rodeado" y sometido a "presión física" sobre su auto. Luego, en un giro que parece casi inevitable, el mismo vehículo que era víctima de asedio se convierte en arma, acelerando hacia la multitud. El Times verifica videos de redes sociales y los presenta como evidencia de una situación que escaló más allá del control.
Lo notable es que esta narrativa, aunque factuales sus detalles, tiende a distribuir la culpa de manera que favorece cierta interpretación: una multitud desenfrenada provoca a un conductor que reacciona con violencia. Es una lectura que no es falsa, pero tampoco es la única posible. El Times no profundiza en preguntas que la prensa mexicana probablemente se estaría haciendo: ¿por qué una calle en una zona turística se convirtió en un espacio sin control policial? ¿Hay un patrón de insuficiencia en la seguridad pública durante estas concentraciones? ¿Qué falla institucional permite que celebraciones masivas degeneren en tragedias?
En cambio, la cobertura extranjera tiende a presentar esto como un episodio casi inevitable de una sociedad que celebra con una intensidad que roza la violencia. El Times menciona de pasada que "la selección nacional ha atraído frecuentemente multitudes frenéticas que se desbordan hacia las calles después de los partidos", como si fuera una característica cultural mexicana que debe ser simplemente tolerada o comprendida con cierta indulgencia antropológica. No es un análisis de falla institucional, sino de naturaleza nacional.
Lo que falta en esta cobertura es la pregunta sobre responsabilidad estatal. Un conductor muere. Diecisiete personas resultan heridas. Una ciudad turística pierde el control. Y la prensa extranjera lo reporta como un incidente desafortunado, casi como un riesgo inherente a vivir en México. El secretario general del Ayuntamiento ofrece condolencias a la familia del conductor, un gesto que el Times registra sin comentario adicional. Nadie parece estar preguntando por qué no había suficiente presencia policial, por qué no se controlaron las avenidas, por qué una celebración deportiva se convirtió en un escenario de riesgo mortal.
Esa ausencia de cuestionamiento institucional es el verdadero encuadre de la cobertura extranjera hoy. México aparece no como un país con problemas de seguridad pública que resolver, sino como un lugar donde la violencia es un accidente que ocurre cuando la gente celebra demasiado intensamente. Es una forma de ver que, sin decirlo explícitamente, sugiere que México es así: un país donde incluso la alegría es peligrosa.