La victoria de Keiko Fujimori en Perú, tal como la presenta la prensa internacional, encarna una narrativa que la cobertura extranjera ha comenzado a privilegiar en América Latina: la del regreso del orden mediante figuras de derecha, incluso cuando esas figuras cargan con un legado de violencia estatal. El encuadre que France 24 propone es instructivo precisamente por lo que enfatiza y por lo que, de manera significativa, deja en suspenso.
El medio subraya que Fujimori ha ganado con "el margen más estrecho", que su victoria representa "el último triunfo de una derecha resurgente en América Latina", y que la candidata prometió "orden y esperanza" en un país azotado por crimen y extorsión. Hasta aquí, el relato es funcional: una sociedad desesperada elige firmeza. Pero entonces France 24 introduce un dato que debería complicar esa narrativa y que, sin embargo, parece tratado como un mero antecedente histórico: Alberto Fujimori, el padre, fue "elogiado por aplastar rebeldes maoístas y domar la hiperinflación" pero fue "deshonrado después, exiliado y encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad cometidos en nombre de la lucha contra el terrorismo".
Aquí radica el encuadre problemático. La prensa extranjera presenta esta información como contexto, como trasfondo, pero no como un interrogante central. No pregunta, al menos no en el texto principal, si una sociedad que elige a la hija de un dictador procesado por crímenes contra la humanidad está realmente optando por "orden" o si está repitiendo un ciclo. No examina la paradoja de que millones de peruanos, según el propio reportaje, "albergan oscuros recuerdos del gobierno de su padre y se niegan a votar por alguien llamado Fujimori", y que aun así ella ganó. Eso sugiere no tanto un mandato de orden como una elección entre males percibidos, o quizá un voto de castigo contra la izquierda que la prensa internacional tiende a caracterizar como "de izquierda" sin mayor precisión.
El hecho de que Fujimori haya ganado por menos de 50,000 votos de 18 millones, de que su rival amenazara con no reconocer los resultados alegando irregularidades en el voto exterior, de que ella haya necesitado cuatro intentos para llegar a la presidencia: todo esto apunta a una sociedad profundamente fracturada, no a una que ha encontrado un camino. Pero la narrativa internacional tiende a ver en esto simplemente una "victoria estrecha" dentro de una tendencia regional más amplia hacia la derecha, como si el fenómeno fuera principalmente ideológico cuando podría ser, en cambio, un síntoma de agotamiento institucional.
Lo que la cobertura extranjera omite o minimiza es una pregunta incómoda: ¿qué significa que una democracia en crisis recurra una y otra vez a figuras que encarnan o heredan métodos autoritarios? No es una pregunta que la prensa internacional se haga con frecuencia sobre América Latina. Prefiere el relato más limpio: orden versus caos, derecha versus izquierda, esperanza versus desespero. Keiko Fujimori, "poised and polished", educada en Estados Unidos, con su "penchant for trouser suits and a practiced smile", encaja bien en ese relato. Es una cara moderna para una promesa antigua. Y eso, precisamente, es lo que la prensa extranjera tiende a celebrar o al menos a normalizar, sin examinar demasiado lo que significa que funcione.