La prensa extranjera regresa hoy a México con la persistencia de quien no puede soltar una herida. Dos años después de la captura del Mayo Zambada, el episodio sigue siendo el eje de una conversación que revela menos sobre lo que México es y más sobre cómo Estados Unidos necesita verlo. El País América plantea el asunto con precisión: un hombre de 76 años, enfermo y canoso, se convierte en el protagonista de un "intercambio de arañazos" binacional que expone la grieta profunda entre dos narrativas irreconciliables sobre lo que ocurrió en aquella avioneta que voló de Culiacán a Nuevo México.
Lo notable no es que el tema resurja, sino cómo la cobertura internacional lo enmarca. Para Washington y sus medios, Zambada es un trofeo, la prueba tangible de que el sistema de seguridad mexicano sigue siendo permeable, corrupto, incapaz de contener a sus propios demonios. Para México, según el relato que El País recoge, el episodio es un ataque a la soberanía, un secuestro encubierto que expone no la debilidad institucional sino la intrusión estadounidense. Ambas lecturas coexisten sin tocarse, como dos películas proyectadas sobre la misma pantalla.
Lo que desaparece en este encuadre es lo incómodo para ambos lados: las preguntas sobre quién facilitó qué, en qué momento la captura dejó de ser un acto de seguridad para convertirse en un acto de poder. La prensa extranjera, especialmente la estadounidense, prefiere la versión más simple: México fracasó, nuevamente, en contener a sus criminales. Que sea una versión que requiere cierta amnesia sobre décadas de política antidrogas norteamericana es un detalle que raramente aparece en estos reportajes.
Mientras tanto, el resto de la agenda mexicana que aparece hoy en los titulares internacionales dibuja un cuadro más complejo y menos cómodo para la narrativa de crisis. Hay migrantes mexicanos muriendo en Estados Unidos. Hay una empresa financiera mexicana que logra convertirse en banco. Hay una plaga agrícola que amenaza ambos lados de la frontera. Hay familias pidiendo respuestas sobre rescates que nunca llegaron. Estos temas no son menores, pero tampoco son Zambada. No son símbolos de corrupción monolítica. Son problemas más difíciles de resolver porque no tienen un rostro de narcotraficante al que culpar, porque requieren cooperación real, porque tocan intereses de ambos gobiernos de formas que una captura nunca lo hace.
La prensa extranjera ha elegido su hilo narrativo para este momento: México sin el Mayo Zambada sigue siendo México con el Mayo Zambada, porque el símbolo es más útil que la realidad. Mientras esa conversación se perpetúa, los demás problemas avanzan sin la urgencia que merecerían si no compitieran con una herida que supura, como dice El País, sin cerrar.