La prensa internacional que cubre República Dominicana enfrenta hoy una contradicción que no puede resolver mediante el relato convencional de cifras que mejoran. El dato central es incómodo: mientras la tasa de homicidios alcanza su nivel más bajo en cuatro años —6.92 por cada 100,000 habitantes—, los femicidios se disparan con un incremento del 74 por ciento en el primer semestre de 2026, llegando a 48 casos según la Fundación Vida Sin Violencia.
Infobea América, el medio que domina la cobertura del país, presenta ambas realidades en el mismo artículo, pero el encuadre que elige revela algo más profundo que una simple coexistencia de tendencias opuestas. La estructura narrativa privilegia el logro estadístico global —esa tasa de un solo dígito que no se veía en cuatro años— mientras relega la crisis de violencia de género a una sección que, aunque reconoce lo "alarmante" y lo "devastador", termina leyéndose como un apéndice crítico a una historia de éxito.
Este es el verdadero encuadre extranjero: la violencia contra las mujeres aparece como un problema que existe, que es grave, pero que no invalida el relato de mejora que permite a la prensa internacional presentar a República Dominicana como un caso de gestión de seguridad que funciona. La Fuerza de Tarea Conjunta, la coordinación entre Policía Nacional, Fuerzas Armadas y Ministerio Público, el despliegue territorial que logra que el 82.4 por ciento del territorio tenga tasas bajas de homicidio: todo eso se narra como un éxito que merece ser destacado.
Pero aquí está el problema que la prensa extranjera no termina de procesar: esos mismos mecanismos, esa misma arquitectura de seguridad, no solo no detienen los femicidios sino que parecen ser incapaces de hacerlo. El artículo lo dice con claridad, aunque lo coloque al final: "el peligro más letal para muchas ciudadanas dominicanas no proviene de asaltantes desconocidos, sino de sus propios entornos afectivos y del interior de sus hogares". Y luego: "No basta con el fortalecimiento de la persecución penal en los barrios; se necesitan profundas reformas educativas, apoyo psicológico integral y mecanismos tecnológicos de supervisión para los agresores detectados".
Lo que la prensa internacional está haciendo, sin decirlo explícitamente, es revelar los límites de un modelo de seguridad que funciona cuando la violencia es pública, territorial, susceptible de patrullaje y despliegue militar. Pero ese mismo modelo se desmorona ante una violencia que es íntima, doméstica, que ocurre en espacios que ningún operativo conjunto puede vigilar sin transformarse en algo completamente distinto.
El encuadre extranjero, entonces, no es simplemente celebratorio ni simplemente crítico. Es, más bien, inadecuado. Porque coloca lado a lado dos realidades que exigen narrativas distintas, que requieren preguntas diferentes, y que no pueden resolverse en el mismo párrafo que habla de "tendencias a la reducción" y luego menciona una "epidemia silenciosa". Esa yuxtaposición no es análisis; es la exposición de una ceguera institucional que la prensa internacional documenta sin terminar de nombrarla como tal.
Lo que falta en este encuadre es la pregunta más incómoda: si un país logra reducir sus homicidios generales en un contexto donde el Estado despliega fuerzas coordinadas en el territorio, pero simultáneamente ve crecer exponencialmente los asesinatos de mujeres por sus parejas, ¿qué nos dice eso sobre dónde está realmente el poder, dónde están realmente los espacios que el Estado no controla, y cuál es el verdadero alcance de esa estrategia integral de seguridad ciudadana que se celebra como histórica?
La prensa internacional, por ahora, reporta ambos datos. Pero aún no ha encontrado la forma de narrar lo que significan juntos.