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🇻🇪 Venezuelalunes, 13 de julio de 2026

La prensa internacional ha encontrado hoy un nuevo sujeto en la narrativa del desastre venezolano: no el Estado, no las víctimas, sino las instituciones civiles que funcionan donde el Estado ha cesado de hacerlo. El titular del New York Times sobre la liga de béisbol juvenil contando a los muertos introduce un desplazamiento que merece examen.

Hasta ahora, la cobertura extranjera había oscilado entre dos registros: la magnitud física de la catástrofe y la incapacidad estatal para responder. Ambos encuadres compartían una premisa común: que la autoridad pública —o su ausencia— era el eje desde el cual interpretar lo que ocurría. Hoy, ese eje se corre. Una organización deportiva juvenil aparece no como víctima colateral ni como símbolo folclórico de resistencia, sino como estructura de conteo, como aparato de registro que el Estado no proporciona.

Esto es más inquietante de lo que parece a primera lectura. No se trata de una historia de solidaridad comunitaria ni de resiliencia civil. Es el relato de una sustitución: donde debería haber un sistema de identificación de víctimas, hay una liga de béisbol. Donde debería haber un protocolo estatal de registro de fallecidos, hay voluntarios que cuentan muertos porque nadie más lo hace con rigor. La prensa internacional, al elegir este titular, está documentando no solo el colapso sino su consecuencia más silenciosa: la fragmentación de las funciones básicas del Estado en múltiples actores privados que improvisan respuestas.

El matiz que emerge es sutil pero determinante. No es que Venezuela carezca de capacidad de respuesta. Es que esa capacidad se ha dispersado, se ha privatizado en el sentido más literal: pasó a manos de entidades que no tienen mandato para ejercerla. Una liga de béisbol contando muertos es el síntoma de que no existe ya un monopolio estatal ni siquiera sobre algo tan elemental como saber cuántos han muerto.

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