La prensa internacional que cubre América Latina ha encontrado hoy un encuadre que, aunque no es nuevo, se presenta con una claridad casi incómoda: la captura del Estado por actores criminales no es un fenómeno marginal sino sistémico, y cuando se enuncia públicamente, la tensión diplomática que genera revela cuánto depende la región de la lectura que Washington hace de su situación.
El director de la DEA, Terrance Cole, ha sido directo en su diagnóstico: los carteles mexicanos y el Gobierno de México son "inseparables". El País América reproduce la declaración sin filtros, y lo hace en el contexto de una cumbre antifentanilo en territorio estadounidense. Pero aquí ocurre algo que la prensa extranjera rara vez explicita con claridad: al enunciar públicamente la corrupción estatal como un hecho consumado, no se está simplemente reportando un problema de seguridad. Se está trazando una línea de autoridad que divide el continente entre Estados que pueden ser socios confiables de Washington y Estados cuya gobernanza está tan comprometida que la cooperación bilateral se vuelve problemática.
México, bajo esta lectura, cae del lado incómodo. Y la prensa extranjera lo sabe. Por eso la cobertura enfatiza no solo la acusación sino sus consecuencias diplomáticas: las extradiciones pedidas, el secuestro de El Mayo Zambada, los "fantasmas de la intervención de Washington en territorio mexicano", como escribe El País. El hilo narrativo que emerge es el de un país cuya capacidad de gobernar está tan erosionada que Washington se ve obligado a actuar por su cuenta, a veces dentro de las fronteras mexicanas.
Mientras tanto, el resto de la región desaparece de la cobertura principal. Hay menciones dispersas: Cuba bajo presión estadounidense, Venezuela con reformas electorales en marcha, Perú eligiendo a Keiko Fujimori, Ecuador enfrentando la minería ilegal. Pero ninguno de estos temas recibe el peso que México recibe. Y eso no es accidental. La prensa extranjera está organizando América Latina en torno a un eje de preocupación estadounidense: la seguridad, el narcotráfico, la capacidad estatal de contenerlo.
Lo que desaparece en este encuadre es cualquier narrativa sobre la capacidad de los gobiernos latinoamericanos de resolver sus propios problemas, o sobre las causas estructurales que alimentan tanto la corrupción como el crimen organizado. La minería ilegal en Ecuador, las operaciones migratorias masivas en República Dominicana, los ciberataques en Paraguay, la digitalización en Honduras: todo esto aparece como hechos aislados, sin conexión entre sí, sin un hilo que los articule en una comprensión más profunda de lo que está ocurriendo en la región.
El verdadero encuadre que la prensa internacional está imponiendo es el de la dependencia diagnóstica. América Latina no se entiende a sí misma; es Washington quien interpreta qué está mal y por qué. Y cuando un funcionario de la DEA declara que los carteles y el Gobierno mexicano son inseparables, no solo está haciendo un análisis de seguridad. Está diciendo que México ha dejado de ser un Estado en el sentido clásico, que su soberanía está tan comprometida que requiere intervención externa. La prensa extranjera amplifica ese mensaje, lo legitima con su cobertura, lo convierte en sentido común internacional.
Mientras tanto, gobiernos como el de Gustavo Petro en Colombia intentan mantener una posición de aliado confiable pero con agendas propias, como sugiere su denuncia sobre la muerte de un colombiano por agentes de ICE. Pero ese mensaje apenas resuena en la cobertura extranjera. Es demasiado pequeño, demasiado local, comparado con el drama de un México que supuestamente ya no puede gobernarse a sí mismo. Y en esa jerarquía de visibilidad está el verdadero mensaje que la prensa internacional está enviando a América Latina: algunos países merecen ser tratados como problemas de seguridad estadounidense; otros apenas merecen ser mencionados.