La prensa internacional ha vuelto a Uruguay, pero no para hablar de Uruguay. O mejor dicho: habla de Uruguay solo en la medida en que Uruguay es útil para entender otra cosa.
El artículo de Infobea América sobre la conferencia de Nicolás Albertoni en Panamá es un caso de manual sobre cómo funciona el encuadre extranjero cuando un país latinoamericano deja de ser el sujeto de la noticia y se convierte en el experto consultado. Albertoni, ex vicecanciller uruguayo, es convocado a Panamá para reflexionar sobre geopolítica regional, integración comercial y estrategia de inserción internacional. El medio no lo presenta como un funcionario que salió del cargo hace meses: lo presenta como "investigador del Georgetown University Americas Institute", como autor de libros sobre integración regional, como voz reconocida por Global Americans entre los "Nuevos Intelectuales Públicos de las Américas".
Lo notable aquí es que Uruguay aparece en el subtítulo de su conferencia, en la mención de su cargo anterior, pero nunca como protagonista de un problema o una crisis. No hay violencia, no hay fracaso, no hay sangre. Hay, en cambio, expertise. Hay un intelectual que salió de Montevideo y ahora opina sobre cómo Panamá debe leer el cambio geopolítico, anticipar nuevas redes económicas, convertirse en un hub del siglo XXI. La ironía es silenciosa pero presente: mientras la prensa internacional ha pasado semanas retratando a Uruguay como un país en colapso criminal, la misma prensa internacional consulta a un funcionario uruguayo para entender cómo otros países deben prosperar en tiempos de incertidumbre.
Esto no es un error ni una contradicción. Es, más bien, una revelación sobre cómo funciona el encuadre. La prensa extranjera necesita a Uruguay de dos formas simultáneamente: como advertencia (el país que se desmorona) y como recurso (el país que produce pensadores capaces de asesorar a otros sobre cómo no desmoronarse). En ambos casos, Uruguay es instrumental. No es visto como un lugar donde ocurren cosas que importan en sí mismas, sino como un lugar desde el cual se extraen lecciones, advertencias o expertise para explicar dinámicas que ocurren en otra parte.
Lo que la cobertura de hoy sugiere, sin decirlo explícitamente, es que la narrativa de la violencia criminal que dominó el encuadre extranjero durante semanas no era la única verdad disponible sobre Uruguay. Había otra: la de un país que produce intelectuales públicos reconocidos, que participa en debates sobre integración regional, que tiene algo que decir sobre cómo los países deben posicionarse en un mundo reconfigurado. Pero esa narrativa no vende. O al menos no vende de la misma manera que la de la masacre, la venganza, el ciclo de represalias.
El silencio sobre Uruguay en este artículo es, paradójicamente, más elocuente que cualquier titular sobre crisis. Dice que Uruguay sigue siendo útil a la prensa internacional, pero solo cuando puede ser desplegado como evidencia de algo más grande: la incertidumbre geopolítica, la necesidad de reconfiguración estratégica, la búsqueda de nuevos modelos de integración. Uruguay como espejo de Panamá. Uruguay como fuente de sabiduría sobre cómo otros países deben actuar. Uruguay como cualquier cosa menos como Uruguay.