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🇨🇺 Cubaviernes, 17 de julio de 2026

La prensa extranjera dedica hoy su atención a Cuba a través de una figura que murió hace casi cuatro décadas, lo cual no es en sí mismo sorprendente en el mundo del arte, pero sí revela algo interesante sobre cómo Occidente elige ver la isla cuando se ve obligado a verla.

Ana Mendieta, artista cubano-americana nacida en La Habana en 1948 y exiliada a los doce años tras la revolución, es presentada por The Guardian mediante una reseña de su retrospectiva en la Tate Modern como una visionaria cuya obra habría estado "en la vanguardia del arte de este siglo" de haber vivido. El encuadre es notable: Mendieta no es abordada como una artista cubana, sino como una artista que fue cubana, una diferencia que importa. Su exilio a Estados Unidos, su condición de outsider entre estadounidenses blancos, su búsqueda de un hogar en la antigüedad precolombina, todo esto se presenta como la génesis de su genio, no como una tragedia política.

Lo que merece examen es qué Cuba representa en este relato. La isla aparece dos veces: como punto de origen que la expulsó a los doce años, y como destino de retorno en 1980 cuando Mendieta regresó por primera vez, apenas dos años después de que su padre fuera liberado de una prisión política. El Guardian menciona este dato con la soltura de quien refiere un detalle biográfico, sin énfasis, sin que parezca particularmente relevante para la narrativa. Cuba es, en este encuadre, simplemente el lugar del que se huye y el lugar al que se regresa para crear arte en reservas naturales.

Lo ausente es tan revelador como lo presente. La reseña dedica un párrafo entero a la muerte de Mendieta en 1985, pero lo hace de una manera extraordinaria: "This exhibition makes nothing of that and nor will I", dice el crítico. La muerte controvertida de la artista, quien cayó de un piso treinta y cuatro en Nueva York en circunstancias que su marido Carl Andre fue acusado de provocar (aunque fue absuelto), se menciona únicamente para ser descartada. El crítico prefiere enfatizar que "her art has infinitely more life than the bricks her husband Carl Andre sold to the Tate years before he was accused, then acquitted, of her murder". Cuba, la isla de la que huyó, no aparece en esa ecuación de culpa o inocencia.

Lo que la prensa extranjera hace aquí es convertir a Cuba en un telón de fondo poético. No es un régimen, no es una realidad política, no es un lugar donde suceden cosas que importan al análisis de la obra. Es el sitio de una infancia interrumpida, el origen de un trauma que generó arte sublime. Mendieta buscaba "excavate the very origins of art and mythology" porque fue arrancada de su tierra, pero esa arrancadura no merece ser nombrada como tal. Es simplemente el combustible de la creación.

Hay una ironía involuntaria en que la prensa occidental celebre a una artista que, según la propia reseña, sentía que no pertenecía a América y buscaba conectarse con civilizaciones antiguas, con diosas olvidadas, con lo primordial. Mendieta es reivindicada precisamente por su alienación, por su capacidad de transformar la pérdida en obra maestra. Cuba, por lo tanto, es útil a esta narrativa únicamente en tanto que la produjo como exiliada. Su realidad presente, su crisis, su política, son irrelevantes.

Cuando la prensa internacional tiene que ocuparse de Cuba, tiende a hacerlo a través de figuras que ya están muertas, que ya están canonizadas, que ya pertenecen al pasado. Mendieta es segura porque su obra está fija, interpretada, consagrada. Cuba, en cambio, sigue siendo incómoda, sigue siendo un presente que no cesa. La retrospectiva en la Tate permite a Occidente admirar a una artista cubana sin tener que pensar en Cuba.

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