La prensa internacional regresa hoy a un territorio que parecía haber abandonado momentáneamente: la guerra interna por el control de las redes criminales ecuatorianas. El asesinato de David Macías, hermano del capo Adolfo Macías, en una vivienda de Olón disfrazado de operativo policial, no es simplemente un acto de violencia más en la cascada de muertes que caracteriza a Ecuador. Es, según el encuadre de la BBC Latin America, una evidencia de que la estructura misma de Los Choneros se desmorona desde adentro, fragmentada por la captura de sus líderes y por las pugnas intestinas que esa captura ha acelerado.
Lo notable en este relato es que la prensa extranjera no se detiene en la brutalidad del crimen ni en sus cifras. En cambio, construye una narrativa de declive institucional de la criminalidad: primero cayó Adolfo Macías, extraditado a Estados Unidos hace un año; luego Javier Macías, capturado en Colombia hace un mes; ahora David, asesinado en circunstancias que sugieren que alguien dentro o fuera de la organización decidió que ya no era útil. La BBC contextualiza el asesinato como parte de "batallas internas por el control", una formulación que transforma la violencia en síntoma de fragmentación.
Pero hay un desplazamiento silencioso en este encuadre que merece examen. Cuando la prensa internacional subraya que Los Choneros ha sido declarada Organización Terrorista Extranjera por Estados Unidos y que está "acusada de estar detrás de la tasa de homicidios disparada de Ecuador", está trasladando la responsabilidad del caos hacia la criminalidad organizada como actor casi autónomo, casi independiente de las decisiones de política pública ecuatoriana. Los Choneros no es presentada como un síntoma de un Estado fallido, sino como una potencia criminal que opera casi en paralelo.
Esa es la omisión que estructura el relato: mientras la BBC documenta meticulosamente cómo los criminales se disfrazan de policías para ejecutar a sus rivales, mientras detalla que hace poco un líder local fue asesinado por adolescentes que escondían armas en ramos de flores, no pregunta por qué las instituciones de seguridad ecuatorianas son tan frágiles que resulta creíble disfrazarse de policía para entrar a una casa. No pregunta qué significa que en un país donde el gobierno acaba de desplegar 75.000 soldados y policías, los criminales sigan operando con libertad táctica suficiente como para elegir el disfraz que mejor les convenga.
El relato internacional, en suma, ve a Ecuador como un territorio donde dos fuerzas se enfrentan: el crimen organizado y el Estado. Pero lo que no dice es que esa dicotomía es ella misma un síntoma de que el Estado ha dejado de ser el actor central en su propia narración. David Macías fue asesinado por hombres disfrazados de policías en una casa de lujo en la costa. La prensa extranjera lo registra como un episodio más en la guerra de Los Choneros. Pocos se preguntan qué clase de Estado permite que eso sea noticia de rutina.