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🇧🇴 Bolivialunes, 20 de julio de 2026

La prensa internacional que hoy se detiene en Bolivia lo hace donde siempre: en el síntoma visible de una enfermedad más profunda. El País América reporta que el Gobierno de Rodrigo Paz ha completado el paso de un régimen cambiario fijo, vigente durante quince años, a uno flexible. El dólar debutó a 9,76 bolivianos el 29 de junio y ya cotiza a 10,75 poco más de dos semanas después. Una devaluación del 10,5% en el papel oficial de lo que ya era realidad en la calle.

El encuadre es instructivo porque revela cómo la prensa extranjera lee las reformas estructurales: como actos de honestidad fiscal disfrazados de necesidad. El medio español subraya que organismos financieros internacionales han aplaudido la medida, que aumenta la credibilidad del esquema económico. Esa aprobación de Washington y sus satélites es presentada como un aval de seriedad. Pero el párrafo que sigue introduce la verdadera temperatura del asunto: las reservas de divisas han caído más del 70% desde 2014.

Aquí está el nudo que la cobertura internacional prefiere no desatar del todo. La flexibilización cambiaria no es una reforma progresista ni una corrección técnica. Es la formalización de una derrota. Durante tres años, mientras el Banco Central mantenía la ficción de un tipo de cambio fijo, un mercado paralelo dictaba el verdadero precio de la moneda. El Estado boliviano, incapaz de sostener sus propias reglas, permitió que la realidad se bifurcara. Ahora simplemente reconoce que perdió el control hace tiempo.

La prensa extranjera celebra esto como credibilidad. Y técnicamente tiene razón. Un tipo de cambio oficial que refleja la realidad del mercado es más creíble que uno que la niega. Pero lo que se pierde en la narrativa internacional es la pregunta sobre qué produjo esa caída de reservas del 70%. No es un accidente técnico. Es el resultado de una economía que dejó de producir lo que vendía al mundo, que dejó de vender lo que producía, y que ahora quema sus ahorros para mantener el consumo interno. Bolivia sin gas, como el propio País América ha documentado en reportajes anteriores, es un país que vive de sus reservas.

La medida será aplaudida por los organismos multilaterales. Probablemente estabilizará temporalmente el mercado de divisas. Pero la devaluación del 10% que hoy se registra es apenas el reflejo de una devaluación real mucho más profunda: la de una economía que no sabe qué vender en un mundo que ha dejado de comprar lo que Bolivia tenía para ofrecer. La prensa internacional ve la reforma y ve seriedad. Lo que no ve, o prefiere no subrayar, es que esa seriedad es la de quien reconoce que ya no tiene opciones.

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