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🇺🇾 Uruguaymartes, 21 de julio de 2026

La prensa internacional retorna a Uruguay hoy con un dato que confirma, pero también que matiza, la narrativa de crisis de seguridad que ha dominado el encuadre extranjero en los últimos meses. Infobae América reporta un aumento de homicidios del 6,6% en el primer semestre de 2026, con tres de cada cuatro crímenes cometidos con armas de fuego. El dato es real, la tendencia es preocupante, pero lo que merece examen es cómo la prensa de afuera lo está leyendo en relación con el panorama más amplio que los números revelan.

El ministerio del Interior uruguayo presentó ayer un boletín de estadísticas criminales que cuenta una historia más compleja que el titular. Sí, los homicidios subieron 195 casos en seis meses. Sí, mayo fue el pico con 38 asesinatos. Pero simultáneamente, el delito general bajó 3,7%, las rapiñas cayeron 4%, los hurtos se redujeron 7,5%, los autos robados bajaron 8,3%, y los abigeatos experimentaron una caída del 20,1%. La violencia basada en género disminuyó, los delitos sexuales bajaron 7%, y la violencia doméstica se mantuvo estable. El único delito que crece es el fraude informático, que asciende a 14.035 denuncias.

Aquí está el punto donde la mirada extranjera tiende a simplificar. Infobae América, al destacar el aumento de homicidios, no está mintiendo, pero está haciendo una elección editorial que enfatiza una parte del cuadro mientras deja otras en penumbra. El dato de que tres de cada cuatro homicidios son con armas de fuego, y que ese porcentaje creció respecto al año anterior, es presentado como evidencia de una crisis de seguridad que se profundiza. Pero los números del ministerio sugieren algo distinto: una reconfiguración de la violencia, no una expansión general del delito.

Diego Sanjurjo, gerente de Estadística y Criminología del ministerio, ofrece una lectura que la prensa extranjera casi nunca incorpora con seriedad: las estrategias policiales funcionaron en el primer trimestre, pero a partir de marzo la delincuencia se adaptó, desplazándose hacia zonas aledañas de Montevideo y hacia Canelones, donde el 70% de los crímenes está asociado al mercado de drogas. Esto no es una falla de la política de seguridad, sino el resultado esperado de cualquier estrategia que presiona en un punto: el delito se mueve. La prensa internacional tiende a ignorar este tipo de análisis porque no encaja en la narrativa de crisis lineal que es más fácil de comunicar a lectores que no conocen el terreno.

Lo que falta en el encuadre de Infobae es la pregunta que un periodista atento debería hacerse: si los delitos contra la propiedad bajan significativamente, si la violencia de género disminuye, si el delito general retrocede, pero los homicidios suben, ¿qué está pasando realmente en Uruguay? La respuesta no es que el país se desmorona, sino que está experimentando una concentración de la violencia en sectores específicos del mercado ilícito. Eso es grave, pero es distinto de una espiral de inseguridad generalizada.

La prensa extranjera, al no hacer esa distinción, contribuye a un relato que distorsiona la realidad. Uruguay aparece como un país donde todo empeora, cuando la evidencia estadística muestra que la mayoría de los indicadores de delito mejoran, mientras una forma específica de violencia, vinculada al narcotráfico y concentrada geográficamente, se intensifica. Ese matiz es crucial para entender qué está sucediendo, pero requiere más trabajo que simplemente conectar cifras de homicidios con la idea de una nación en crisis.

Hay un segundo titular en el horizonte que también merece atención: el temporal en Salto que dejó una muerte y cientos de viviendas dañadas. Es posible que en los próximos días la cobertura internacional alterne entre la crisis de seguridad y la crisis climática, utilizando ambas para reforzar la idea de un Uruguay bajo presión. Pero esa alternancia también es un encuadre: la prensa extranjera tiende a ver a Uruguay como un país donde las cosas se desmorona, sin preguntarse si quizá lo que está sucediendo es que el país está enfrentando desafíos específicos con herramientas que funcionan en algunos frentes pero que todavía son insuficientes en otros. La diferencia entre una crisis general y una crisis sectorial es la diferencia entre un relato de decadencia y un análisis de políticas públicas. La prensa internacional, por ahora, sigue eligiendo el primero.

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