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🇩🇴 República Dominicanamiércoles, 22 de julio de 2026

La violencia interpersonal como relato dominante de República Dominicana es, en sí mismo, un acto de encuadre que merece examen. Hoy Infobae América publica que más de 40 homicidios ocurrieron en 17 días, y el dato es real, verificable, alarmante. Pero el modo en que la prensa extranjera lo presenta revela una elección narrativa que conviene desentrañar.

El artículo establece con precisión que 33 de los 43 homicidios registrados entre el 1 y el 17 de julio provienen de riñas, crímenes pasionales y disputas familiares. Solo dos casos se vinculan directamente con delictivos. Esa proporción es el corazón del encuadre: la violencia se presenta como fundamentalmente privada, doméstica, interpersonal. No sistémica. No estructural. No criminal en el sentido que requiere investigación de redes o complicidad institucional.

Hay algo casi tranquilizador en esta narrativa para cierto tipo de lector internacional. La violencia que mata es la de los borrachos que riñen a medianoche, la de los amantes celosos, la de las familias rotas. Es la violencia de la pobreza sin rostro, del conflicto sin causa política, del caos sin conspiración. Los domingos son los días más mortales, los horarios nocturnos concentran el 51% de los casos. Es la estadística de una sociedad que se desmorona por sus propias grietas, no por diseño o negligencia de arriba hacia abajo.

El gobierno, por su parte, aparece en el relato respondiendo con coherencia burocrática: una Ley de Convivencia para resolver conflictos pacíficamente, un Plan Estratégico Sectorial de Seguridad Ciudadana. Bloqueo de celulares robados. Deportación de migrantes irregulares. Son medidas que suenan a gestión, a profesionalismo técnico. El relato permite que el Estado aparezca como actor que diagnostica y actúa, no como institución capturada o incapaz.

Lo que desaparece en este encuadre es cualquier pregunta sobre por qué una sociedad que simultáneamente alcanza la meta de Hambre Cero según la FAO y coloca a más de 33,000 ciudadanos en formación tecnológica mediante becas experimenta explosiones de violencia interpersonal de esta magnitud. ¿Hay desigualdad territorial? ¿Hay acceso diferenciado a justicia? ¿Hay mercados ilícitos que alimentan la violencia de madrugada? El artículo no lo pregunta. La prensa extranjera, en su rol de observadora, registra los síntomas pero no interroga las causas sistémicas.

Hay una ironía no menor en que los tres titulares de hoy sobre República Dominicana convivan sin tensión aparente: el país que logra Hambre Cero es el mismo que experimenta 43 homicidios en 17 días. El país que forma tecnólogos es el que mata en riñas. La prensa internacional no parece ver contradicción. O quizá la ve como natural, como el precio que pagan las economías en transición.

Lo verdaderamente nuevo en el encuadre de hoy es esta coexistencia no interrogada de dos Repúblicas Dominicanas: la que avanza en indicadores de desarrollo y la que se desangra en violencia nocturna. La prensa extranjera las publica en paralelo, como si fueran historias de países distintos. Esa es la distorsión que merece atención.

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