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🇩🇴 República Dominicanajueves, 23 de julio de 2026

La prensa extranjera que hoy observa República Dominicana a través de la campaña sanitaria contra el dengue ha elegido un encuadre que merece examinarse por lo que dice y, más aún, por lo que omite.

Infobae América presenta los números con precisión: más de un millón de personas alcanzadas, 6,000 sectores intervenidos, 502,228 viviendas visitadas, 17,047 fumigaciones realizadas, 61,295 criaderos eliminados. El arsenal de cifras es exhaustivo, casi abrumador. El Ministerio de Salud aparece como una máquina bien engrasada de prevención, con brigadas coordinadas, materiales distribuidos, tanques inspeccionados. El ministro Víctor Atallah habla de pequeños pasos que generan grandes cambios, de comunidades bien organizadas que producen transformaciones. Todo suena ordenado, planificado, esperanzador.

Pero aquí está el punto: el encuadre de la prensa extranjera toma la campaña tal como el gobierno la presenta, sin interrogar el contexto epidemiológico que la justifica. No hay en el artículo una sola cifra sobre incidencia real de dengue, sobre muertes, sobre casos confirmados en 2026, sobre la tendencia de la enfermedad antes y después de estas intervenciones. El lector extranjero se queda con una imagen de activismo sanitario sin poder calibrar si es respuesta a una crisis o a una amenaza potencial, si es eficaz o si es principalmente comunicacional.

Lo que emerge de esta cobertura es un retrato de un Estado que sabe movilizar recursos y narrativa. El ministro cita a Aristóteles implícitamente, habla de compromiso nacional, convoca a empresas, escuelas, barrios. La prensa extranjera toma esa convocatoria como dato noticioso sin analizar si el dengue en República Dominicana es realmente una emergencia de salud pública de la magnitud que justificaría este despliegue, o si es más bien una enfermedad endémica que el gobierno ha decidido poner bajo los reflectores.

Hay también una ausencia notable: ninguna voz de expertos independientes, ninguna referencia a cifras de organismos internacionales como la OPS, ninguna perspectiva crítica sobre la sostenibilidad de una campaña que se describe como "permanente" pero que claramente requiere de movilización especial. La prensa extranjera, al reproducir el comunicado oficial sin capas de verificación adicional, construye una narrativa donde el Estado aparece como competente y la población como el actor que debe sumarse, sin espacio para preguntar si esa población tiene acceso consistente a agua potable, si los tanques que se inspeccionan son síntoma de carencias estructurales más profundas, si la descacharrización es solución o parche.

El encuadre extranjero, en suma, es fundamentalmente acrítico. No es hostil ni sensacionalista, como podría serlo en otros contextos. Es simplemente deferente con la autoridad sanitaria y sus cifras. Presenta a República Dominicana como un país donde el gobierno actúa, donde hay coordinación, donde se distribuyen mosquiteros y cloro. Pero al no preguntar por los resultados epidemiológicos reales, al no contextualizar el dengue en el panorama de salud pública dominicano, al no interrogar si esta campaña es innovación o teatro bien financiado, la cobertura extranjera termina siendo, sin intención de serlo, un instrumento de comunicación oficial más que un análisis periodístico independiente.

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