La prensa extranjera que hoy observa República Dominicana enfrenta una disyuntiva que revela algo esencial sobre cómo se construye la narrativa de un país desde afuera: qué hacer cuando los datos económicos son robustos pero conviven con hechos de violencia interpersonal que parecen no ceder.
Infobae América publica hoy dos historias sobre República Dominicana. Una documenta un crecimiento económico de 6.4% interanual en junio, el más alto del año, con sectores dinámicos que van desde la minería hasta el turismo, desde la construcción hasta los servicios financieros. Los números son específicos, verificables, impresionantes en contexto: el crédito al sector privado creció casi 3,700 millones de dólares en un año; la construcción explicó el 30% del crecimiento del IMAE; el turismo registró un incremento acumulado de 10% en el primer semestre. La otra historia reporta la entrega voluntaria de Francis García por la muerte de su primo, un hecho que se suma a un patrón de violencia doméstica y delictiva que la prensa extranjera ha documentado con insistencia.
Lo notable no es que ambas historias coexistan. Lo notable es que la prensa extranjera parece incómoda ante esa coexistencia. El encuadre económico es técnico, exhaustivo, casi árido en su precisión. El encuadre de seguridad es narrativo, dramático, visceral. Uno habla de tendencias-ciclo y multiplicadores sectoriales; el otro de muertes, de crímenes pasionales, de riñas familiares. Uno invita a la proyección; el otro, al escándalo.
La pregunta que emerge es si la prensa internacional está en condiciones de capturar la simultaneidad de una República Dominicana que crece económicamente mientras experimenta conflictividad interpersonal. O si, por el contrario, esos dos relatos permanecerán en compartimentos estancos, cada uno reforzando una imagen parcial que, en conjunto, resulta incoherente.
Porque lo que se omite en ambos encuadres es precisamente la conexión. No aparece la pregunta de si ese crecimiento llega a los sectores donde ocurre la violencia, o si la dinámica de construcción y minería genera empleo en las comunidades que reportan homicidios. No hay análisis sobre si la recuperación del turismo beneficia a los territorios más afectados por la criminalidad, o si la expansión del crédito privado alcanza a las poblaciones donde la violencia doméstica es endémica. La prensa extranjera publica los números como si fueran independientes de las muertes, y las muertes como si fueran independientes de los números.
Quizá sea demasiado pedir coherencia narrativa a una prensa que observa desde lejos. Pero ese vacío, esa incapacidad de tejer una historia única que explique cómo un país puede crecer al 6.4% y seguir experimentando violencia interpersonal sistemática, es en sí mismo un dato sobre cómo se cubre a República Dominicana: con precisión en los hechos, pero con fragmentación en la interpretación.