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🇻🇪 Venezueladomingo, 26 de julio de 2026

La prensa extranjera ha descubierto en los terremotos de Venezuela un prisma inesperado: la catástrofe natural como revelador de desigualdad estructural. No es un hallazgo nuevo que los desastres expongan fracturas sociales, pero el encuadre que emerge hoy de France 24 y el New York Times sugiere un giro en cómo se narra la crisis venezolana desde afuera.

France 24 plantea una pregunta que sitúa el terremoto como punto de inflexión temporal: ¿sigue Venezuela atrapada en la crisis? La formulación es significativa porque presupone que la catástrofe sísmica fue un acontecimiento discreto, un evento que podría tener término. Pero el matiz que subyace en el titular es otro: un mes después, la pregunta no es si se ha reconstruido, sino si la crisis persiste. Es decir, la prensa internacional está reconociendo, aunque sea de manera oblicua, que para Venezuela el terremoto no fue una ruptura sino una continuidad, una capa más sobre un colapso que ya existía.

El New York Times va más directo al punto. Al enmarcar los terremotos como expositor de la brecha de riqueza, incluso en la muerte, está haciendo algo que la cobertura anterior no había privilegiado con tanta claridad: leer el desastre como un espejo de la estratificación social. No es simplemente que haya muertos; es que quiénes murieron y cómo murieron habla de una Venezuela donde la geografía del riesgo coincide con la geografía de la pobreza. Los escombros de La Guaira no son iguales a los de otras ciudades porque no son habitados por los mismos venezolanos.

Lo que merece observación es que ambos titulares mantienen el terremoto como objeto central de análisis. No hay aquí un regreso a las narrativas políticas sobre Maduro, sobre elecciones, sobre represión. La prensa extranjera sigue atrapada en el lenguaje de la catástrofe natural, pero ha encontrado en ella un vehículo para hablar de lo que siempre quiso decir sobre Venezuela: que es un país donde las desigualdades son tan profundas que hasta la muerte está distribuida desigualmente.

Es un encuadre que, sin proponérselo, humaniza a Venezuela al mismo tiempo que la congela. Los muertos bajo los escombros son reales, sus historias importan, su muerte injusta merece ser contada. Pero al privilegiar este ángulo, la cobertura internacional también corre el riesgo de convertir a Venezuela en un caso de estudio sobre desigualdad global, un ejemplo más en una serie de catástrofes que revelan lo que ya sabemos: que el mundo es injusto. Eso es verdad, pero también es una manera de mantener a Venezuela a distancia, de leerla como fenómeno en lugar de como país donde ocurren cosas que requieren decisiones políticas concretas.

La pregunta de France 24 sigue sin respuesta en los titulares de hoy. Probablemente seguirá sin respuesta mañana también.

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