La prensa extranjera sigue a la fiscal Mónica Ferrero en su periplo por el Parlamento uruguayo y descubre algo que trasciende el relato de la inseguridad: una advertencia que ya no discrimina entre víctimas y victimarios, entre ciudadanos protegidos y expuestos. El encuadre de Infobae América subraya una frase que Ferrero dirigió a los diputados: "Todos podemos ser víctimas colaterales". Esa universalidad del riesgo es lo que marca el giro en cómo se lee hoy a Uruguay desde afuera.
No es menor el detalle. Durante años, la prensa internacional ha podido narrar la crisis de seguridad uruguaya como un fenómeno que afectaba a sectores específicos: barrios pobres, poblaciones vinculadas al narcotráfico, zonas de tránsito de drogas. Una geografía acotada de la violencia. Pero cuando la fiscal general de la nación es atacada en su propia casa con disparos y una granada, cuando ella misma advierte que un narco puede cruzarse con un diputado y mostrarle una foto de su hijo como amenaza, el encuadre cambia. Ya no se trata de que el crimen organizado avance; se trata de que ha permeado todas las capas del Estado y la sociedad sin excepción.
Lo que Ferrero comunica ante los legisladores, y que Infobae recoge, es que el crimen organizado en Uruguay "trasvasa todo" y "no tiene límites". Esa formulación es importante porque abandona la lógica del confinamiento. No hay barrera institucional, geográfica ni social que contenga el fenómeno. La fiscal, que se describe a sí misma como endurecida tras más de veinte años combatiendo narcos, no viene a victimizarse sino a advertir que la victimización es estructural. Sus propios hijos sufren. Los fiscales están amenazados. Los policías mueren. Un hombre de 53 años arreglando su casa recibe una bala perdida y muere mientras su pareja corre a proteger a un bebé de un año.
Aquí la prensa extranjera nota algo que quizá la uruguaya ha naturalizado más lentamente: que el crimen organizado en Uruguay ya no es un problema de seguridad pública, sino una condición política. Ferrero pide recursos, unidades especializadas, allanamientos nocturnos. Pero lo que transmite es que esos instrumentos son paliativos. El verdadero problema es que el Estado uruguayo está siendo atravesado, no derrotado, sino atravesado por estructuras criminales que operan con una lógica que el Estado no controla.
El detalle de los sicarios que se suben a una moto y disparan "al barrer" es particularmente revelador en cómo lo presenta Ferrero. No es un crimen de precisión; es un acto de violencia indiscriminada, casi casual en su brutalidad. Y eso es lo que la prensa extranjera está leyendo como síntoma de un cambio cualitativo: cuando la violencia se vuelve tan banal, tan cotidiana, que puede ocurrir mientras alguien arregla su casa, es porque ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un ruido de fondo de la vida social.
Ferrero también subraya algo que Infobea no deja pasar: que el crimen organizado no es sinónimo de narcotráfico. Incluye trata de personas, secuestros de niños, abusos, contrabando millonario. Es decir, es un ecosistema delictivo que opera en múltiples frentes simultáneamente. Eso amplía el encuadre de la crisis más allá de la droga, aunque la droga sea su motor principal.
Lo que la prensa extranjera está viendo en Uruguay hoy no es una excepción que se desmorona, sino un Estado que intenta gobernar desde dentro de una crisis que lo supera. Ferrero tiene que trasladar fiscales de un lugar a otro para evitar que se instalen de manera definitiva, como si el territorio mismo fuera hostil. Necesita crear unidades especializadas pero no tiene gente. Está, en sus propias palabras, desvistiendo un santo para vestir otro. Eso es la imagen de un aparato estatal en tensión permanente, reasignando recursos de un lado a otro sin poder resolver el problema de fondo.
La advertencia de Ferrero a los diputados sobre que un narco podría mostrarle a uno de ellos una foto de su hijo es, en el encuadre extranjero, la culminación de un argumento: que el crimen organizado ya no negocia con la marginalidad, sino con el poder. Y eso cambia todo.