La prensa extranjera que cubre América Latina ofrece hoy un encuadre que merece ser interrogado no tanto por lo que dice, sino por el tipo de eficacia que celebra y el tipo de vulnerabilidad que retrata como mera fatalidad. El artículo principal sobre la incautación de 1.362 kilogramos de cocaína por parte de la Marina Nacional de El Salvador es un ejemplo revelador de cómo se construye una narrativa de éxito institucional en la región.
El reporte de Infobae América concede amplio espacio a las declaraciones de los funcionarios salvadoreños, y en particular a la idea de que un país “con recursos limitados” puede realizar operaciones de gran importancia en alta mar. El Ministro de la Defensa, René Francis Merino Monroy, subraya ese contraste: la capacidad y el profesionalismo frente a la escasez de medios. El Ministro de Seguridad, Gustavo Villatoro, va más lejos y afirma que El Salvador ha logrado “inspirar a las grandes potencias del continente” bajo el concepto de “El Escudo de Las Américas”. La prensa extranjera reproduce esta autoproclamación sin matiz crítico, como si el mérito táctico de una intercepción a casi 1.800 kilómetros de la costa bastara para cerrar cualquier pregunta sobre la sostenibilidad del modelo o sobre el destino final de la droga que no se incauta.
Lo que queda fuera del encuadre, y que sería necesario para una mirada más completa, es justamente el relato de lo que esta eficacia policial no puede capturar. Los demás titulares de hoy ofrecen pistas dispersas de esa realidad complementaria. En Honduras se desarticula un narcolaboratorio de “Los Pelones”. En República Dominicana, la Cancillería advierte que la trata de personas fuerza a sus víctimas a cometer estafas financieras. En Nicaragua, una familia pierde sus ahorros por una falsa oferta en Facebook. En Guatemala, un compatriota obligó a dos adolescentes a trabajar dieciséis horas diarias en un cultivo en Estados Unidos. En Costa Rica, se decomisan televisores y microondas en cárceles mientras se ordena retirar los tomacorrientes de las celdas.
La prensa extranjera presenta estos hechos como una colección de casos inconexos, y en eso reside precisamente la distorsión. La misma lógica que celebra la intercepción de una tonelada de cocaína en el Pacífico como una victoria espectacular es la que presenta el fraude, la explotación laboral y la trata como anécdotas locales sin relación con las rutas del narcotráfico, la corrupción institucional o la desigualdad estructural. El discurso de “El Escudo de Las Américas” resulta, desde esta perspectiva, una operación simbólica de doble filo: eleva a El Salvador como ejemplo regional, pero lo hace precisamente porque el resto de la región aparece en los mismos titulares como un mosaico de indefensión y delincuencia difusa.
Hay algo de irónico en que la prensa extranjera acepte sin reparos la autodefinición del gobierno salvadoreño como un actor que “inspira a las grandes potencias”, mientras al mismo tiempo registra, sin conexión aparente, el desmantelamiento de un sistema penitenciario costarricense que permitía a los reclusos tener microondas y televisores. Ambos relatos coexisten en la misma página de actualidad, pero el encuadre los mantiene en compartimentos estancos: uno es la épica de la seguridad, el otro la anécdota de la decadencia.
Quizás el mayor servicio que podría prestar hoy un análisis de prensa es señalar que ese aislamiento de las noticias no es inocente. Al presentar la eficacia de El Salvador como un fenómeno insular y la vulnerabilidad de los demás países como catástrofes individuales, se construye una América Latina hecha de piezas que no encajan: un país modelo que combate el narcotráfico en altamar y un conjunto de sociedades donde los ciudadanos son estafados, explotados o abandonados a su suerte. La pregunta que el editorial de un medio independiente debería formular no es si la incautación de drogas es un éxito policial —lo es, sin duda—, sino qué tipo de mirada sobre la región legitima ese éxito como suficiente cuando la agenda del día demuestra que la vulnerabilidad de los latinoamericanos no tiene un solo enemigo, sino muchos, y que no todos se combaten en