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🇻🇪 Venezuelalunes, 3 de agosto de 2026

La prensa extranjera ha encontrado hoy una palabra para Venezuela que delata su propia incomodidad: deshielo. El País América lo dice con un adjetivo que lo atenúa todo, "tímido", y no le falta razón. La enorme expectación que rodeó el anuncio de un diálogo entre el chavismo y la oposición quedó reducida, al llegar el sábado, a una breve llamada telefónica entre Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, y la opositora Dinorah Figuera. Un gesto que apenas alcanza para descongelar nada. Y sin embargo, el mero hecho de que una llamada sea noticia, de que un contacto mínimo entre las partes se convierta en titular, dice más del estado de las cosas en Venezuela que cualquier diagnóstico sobre su economía o su emergencia humanitaria.

El encuadre de El País América es cuidadoso. No celebra el paso, pero lo registra como un avance posible. Subraya que es "un paso muy pequeño todavía para un país conmocionado por una emergencia humanitaria, agravada por la tragedia de los terremotos" que causaron más de 5.000 muertos. Y añade lo que la mirada extranjera nunca pierde de vista: que Venezuela necesita avanzar "hacia un futuro democrático con pluralidad política real y elecciones libres". Esa es la vara con la que la prensa de afuera mide cualquier movimiento en Caracas, y no es una vara discreta. Pero lo que resulta más revelador no está en el artículo, sino en el titular vecino que El País América publica el mismo día: "Venezuela negocia, Washington arbitra y Trump decide". Ahí está el verdadero encuadre. La llamada entre Rodríguez y Figuera importa menos por lo que pueda negociarse entre venezolanos que por el tablero geopolítico en el que se inscribe.

Esa fórmula, tan redonda como simplificadora, expone el hábito de la prensa extranjera de leer Venezuela como un escenario de terceros. Los actores internos aparecen, sí, pero supeditados a una voluntad mayor que se juega en Washington. Todo lo que ocurre en Caracas, La Guaira o Maracaibo queda filtrado por la lente de la Casa Blanca. La emergencia humanitaria, los miles de muertos por los terremotos, la promesa de una reunión presencial entre las partes: nada de eso parece tener entidad propia si no pasa antes por el expediente de la política estadounidense. La mirada de afuera describe al país como un lugar donde se negocia, pero donde en realidad se decide en otra parte. Esa es una manera de contar la historia, y no es falsa del todo, pero es incompleta.

Lo que el deshielo tímido sugiere, en cambio, es que algo se mueve en la superficie sin que la prensa internacional sepa muy bien cómo nombrarlo. No es una tregua, no es una reconciliación, no es siquiera un gesto de buena voluntad genuina, pero sí es el indicio de que, tras años de polarización y bloqueo, el país empieza a buscar —a tientas, con cautela— salidas que no pasen por la imposición de un bando sobre otro. Lo que queda claro es que, mientras el mundo sigue midiendo a Venezuela por su relación con Washington, los venezolanos, desde sus propias trincheras, intentan escribir otra historia.

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