Hay un número que la prensa extranjera que celebra la pacificación de El Salvador rara vez incorpora a su relato: 14. Es la cantidad de feminicidios que Ormusa documentó entre enero y julio de 2026, una cifra idéntica a la del mismo período del año anterior y que, como advierte la propia organización, no implica estabilidad sino persistencia de un patrón. La noticia que hoy publica Infobae América a partir de declaraciones recogidas por EFE debería incomodar a cualquier lector atento a los encuadres internacionales sobre Centroamérica, porque contradice la épica dominante con un dato seco: el 57,1% de esas muertes fue cometido por parejas, exparejas o familiares. Mientras la narrativa foránea se concentra en la caída de los homicidios y en la eficacia policial, aquí el enemigo no es la pandilla ni el crimen organizado, sino el hombre que convive con la víctima.
El dato no es menor: mayo fue el mes más letal, Santa Ana concentró seis de los crímenes y el occidente del país acumuló el 43% de los casos. Pero quizá lo más revelador del informe de Ormusa no sean las cifras, sino la advertencia que las acompaña: las instituciones de seguridad salvadoreñas no catalogan oficialmente estos asesinatos como feminicidios y mantienen bajo reserva la información. Esa omisión técnica es, en sí misma, un encuadre. La mirada extranjera que aplaude los resultados en materia de seguridad pública se apoya en estadísticas oficiales que no registran la especificidad de la violencia contra las mujeres, y de esa manera contribuye a borrarla. Como dice Silvia Juárez, coordinadora del programa de Ormusa, se trata de una violencia que los hombres ejercen de manera imparable, y que debería ser contemplada como un asunto de seguridad nacional. La frase tiene una carga incómoda: el Estado que presume de haber derrotado la violencia estructural no ha resuelto la que ocurre puertas adentro.
Lo que la prensa internacional suele omitir en su cobertura de El Salvador es que la reducción de las muertes violentas y la persistencia de los feminicidios no son hechos contradictorios, sino complementarios. Las mismas políticas que desmantelaron las estructuras pandilleras parecen no haber tocado la estructura patriarcal que sostiene estos crímenes. Y el hecho de que el 70% de los agresores haya sido capturado, lejos de ser un consuelo, subraya la paradoja: el sistema penal funciona cuando se trata de perseguir al autor material, pero el delito ni siquiera es nombrado con su categoría jurídica. La organización que documenta los casos pide respuesta estatal, datos abiertos y políticas de prevención, una demanda difícil de escuchar cuando los reflectores internacionales se