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🇧🇴 Boliviamiércoles, 5 de agosto de 2026

El teatro de la impunidad tiene sus actos bien ensayados, y la prensa extranjera ha encontrado en Bolivia un escenario particularmente fértil para documentarlos. Lo que emerge hoy de los despachos de Infobea América no es tanto una noticia sobre Evo Morales como un retrato de la descomposición institucional: el comandante de la Policía desautoriza al Gobierno, el Gobierno desautoriza al comandante, y en el medio queda flotando la pregunta incómoda sobre quién realmente manda en un Estado que aparentemente no puede ejecutar una orden de captura contra su enemigo político más visible.

La narrativa que la prensa internacional teje es clara y, hay que admitirlo, no carece de fundamento: Bolivia está gobernada por instituciones que se contradicen entre sí. El comandante Sokol argumenta que detener a Morales no es prioridad, que hay dieciocho mil órdenes de aprehensión sin ejecutar, que las pruebas en el caso de trata no son sólidas, que existe riesgo de enfrentamiento armado. El Ministerio de Gobierno responde que sí es prioridad, que nadie está por encima de la ley, que las decisiones judiciales deben cumplirse. Dos narrativas irreconciliables, ambas emanadas del mismo aparato estatal.

Lo que la cobertura extranjera subraya, con cierta dosis de ironía implícita, es la fragilidad de esa autoridad. Morales, según Infobae, se desplaza públicamente en su bastión, participa en mitines, conversa con agentes policiales en retenes. El presidente Paz advirtió en junio que "ya le va llegar la cárcel", pero aquí estamos, meses después, sin que la cárcel haya llegado. Para el lector internacional, esto no es un detalle procesal: es evidencia de que el Gobierno carece de la capacidad o la voluntad de hacer cumplir sus propias órdenes.

Hay un matiz que merece atención. La prensa extranjera no cuestiona la legalidad de las acusaciones contra Morales ni entra a discutir si debería ser detenido. Simplemente documenta que no lo está, a pesar de que el Estado dice que lo hará. Ese registro, esa brecha entre lo anunciado y lo ejecutado, es lo que define hoy el encuadre: Bolivia como un país donde las instituciones hablan pero no actúan, donde una orden judicial puede existir durante casi dos años sin ser cumplida, donde el comandante de la Policía se atreve a cuestionar públicamente la prioridad de su propio Gobierno.

Lo que la cobertura omite, claro está, es cualquier análisis sobre las razones políticas profundas de esa parálisis. No pregunta si el Gobierno teme una reacción masiva de los cocaleros, si existe una negociación en la sombra, si la captura de Morales podría desestabilizar territorios enteros. Tampoco examina si la Policía, al resistirse públicamente, está protegiendo sus propios intereses o simplemente siendo honesta sobre los riesgos reales de un operativo. Lo que queda es la imagen plana: un Estado que no puede hacer cumplir sus propias decisiones, una contradicción institucional que habla por sí sola.

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