Quizá lo más revelador de este viraje no sea la ironía de que un país en crisis energética termine siendo bautizado con el nombre de un expresidente estadounidense, sino la facilidad con la que la prensa extranjera acepta este marco. Cuba, así, deja de ser un territorio con una población que sufre apagones diarios para convertirse en un escenario de rivalidades globales donde las necesidades de sus ciudadanos quedan relegadas a un segundo plano. Los inversores árabes, los grupos de la CIA, los proyectos de lujo con nombres de figuras políticas: todo se entrelaza en una narrativa que prioriza el interés estratégico sobre el bienestar humano.
Lo paradójico es que, mientras el mundo debate quién controlará la energía de Cuba, millones de personas siguen viviendo en la oscuridad, literalmente y en sentido figurado. La prensa extranjera, al adoptar este enfoque, no solo refleja una realidad distorsionada, sino que contribuye a ella. Porque al reducir la isla a un tablero de ajedrez geopolítico, se invisibiliza el costo humano de cada decisión que se toma a miles de kilómetros de distancia.