La prensa internacional no pierde el tiempo con matices cuando se trata de Cuba. Hoy, el encuadre que predomina en los titulares es el de un país atrapado en la lógica de la confrontación geopolítica, donde cada crisis —ya sea un apagón masivo o una nueva ronda de sanciones— se convierte en un eslabón más de una narrativa que privilegia la dicotomía entre dictadura y cambio de régimen. Infobae América, con su análisis sobre las sanciones de Estados Unidos, no hace más que reforzar esa estructura binaria: el régimen cubano es descrito como una dictadura militar cuyo poder económico y operativo descansa en instituciones como GAESA, mientras que Washington, desde su perspectiva, actúa como el garante de una posible transición. No hay espacio aquí para la complejidad de un sistema que, más allá de sus fallas estructurales, ha logrado sobrevivir durante décadas a pesar de las presiones externas y las crisis internas. Lo que importa, en este relato, es la eficiencia de la maquinaria represiva y su financiamiento, no las razones por las que, pese a todo, el Estado cubano sigue en pie.
El País América, por su parte, opta por un enfoque que combina el dramatismo de la crisis con la especulación política. Titulares como *"Cuba, paralizada y a oscuras"* o la mención a la CIA reforzando su presencia en la isla para *"presionar por un cambio de régimen"* no solo describen una realidad —la de un país con graves problemas de infraestructura—, sino que la insertan en un guion más amplio: el de una isla que, a falta de alternativas, se debate entre el colapso y la intervención extranjera. La mención a un eventual inversor árabe que desarrollaría la "Isla Trump" —una referencia burlesca a la posibilidad de que Cuba se convierta en un proyecto económico al estilo de los enclaves turísticos de Donald Trump— es reveladora. No se trata solo de informar sobre un posible acuerdo energético, sino de sugerir que la soberanía cubana es, en el mejor de los casos, un activo negociable. La ironía, en este caso, no es casual: refleja la naturalización con la que desde fuera se asume que Cuba, en su estado actual, no puede ser dueña de su propio destino.
Lo más llamativo, sin embargo, es la omisión sistemática de cualquier explicación que no sea funcional a este marco. No hay en estos textos un análisis serio sobre las causas del colapso eléctrico más allá de su impacto inmediato, ni se indaga en las responsabilidades internas que han llevado a una red obsoleta a depender de un único petrolero ruso. En cambio, se prefiere insistir en la idea de que el problema energético es, en el fondo, un síntoma del autoritarismo: si el régimen fuera democrático, razonan implícitamente, entonces la electricidad no fallaría. La prensa extranjera, en su afán por reducir Cuba a un caso de estudio en geopolítica, termina por ignorar que el colapso de la infraestructura es también el resultado de décadas de bloqueo, de una economía centralizada que no ha sabido adaptarse, y de una élite que, aunque corrupta, no es la única responsable de la penuria cotidiana. Al centrar el foco en las sanciones y en la supuesta influencia de actores como Rusia o China, se pierde de vista que el verdadero drama de Cuba no es la confrontación con Washington, sino la incapacidad de su propia dirigencia para ofrecer soluciones viables a su pueblo.
En este sentido, el encuadre extranjero opera como un espejo deformante: magnifica lo que conviene a la narrativa de la dictadura y minimiza o ignora lo que no encaja. Que GAESA controle gran parte de la economía cubana es un hecho, pero reducir su papel a un simple brazo financiero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias es simplificar una realidad mucho más compleja, donde las empresas estatales también han sido históricamente un refugio para millones de trabajadores en un país donde el sector privado es, en la práctica, marginal. Que las sanciones de Estados Unidos busquen debilitar al régimen es evidente, pero que estas medidas —que afectan a la población civil tanto como a los militares— sean presentadas como un acto de justicia sin matices dice más sobre los prejuicios del narrador que sobre la realidad cubana. La prensa internacional, en su prisa por enmarcar a Cuba en la lógica de la Guerra Fría 2.0, termina por repetir los mismos errores de antaño: ver la isla como un peón en el tablero de otros, nunca como un sujeto con agencia propia. Y mientras tanto, en las calles de La Habana, la gente sigue a oscuras, no por capricho, sino porque el mundo prefiere escribir la historia de Cuba antes de entenderla.