La prensa extranjera publica hoy, casi sin inmutarse, una noticia que debería bastar para abrir un debate serio sobre el lugar que América Latina ocupa en la imaginación de Washington: Estados Unidos ha contratado una empresa privada para cobrar multas migratorias en Guatemala, México y Honduras. Infobae América lo presenta como un dato operativo más, un eslabón administrativo en la cadena de control migratorio. No hay ironía, no hay pregunta incómoda. La noticia se lee como si fuera lo más natural del mundo que un gobierno extranjero externalice la coerción sobre los ciudadanos de tres países soberanos a una compañía dedicada a la recaudación. Esa naturalidad es, precisamente, el encuadre del que debería desconfiarse.
No es casualidad que el otro artículo central del día sea el relato de la reunión entre la encargada de Negocios de Estados Unidos en Honduras y los ministros de Defensa y Seguridad de ese país para "fortalecer la cooperación en la lucha contra el crimen organizado". El lenguaje del comunicado, reproducido sin filtro por Infobae, es un catálogo de eufemismos: "seguimiento a prioridades compartidas", "mecanismos de cooperación existentes", "fortalecimiento de las capacidades institucionales". Nadie menciona que esas prioridades suelen traducirse en operaciones de inteligencia, vigilancia masiva o incluso en la persecución de líderes sociales bajo la etiqueta de "amenazas a la seguridad". En el fondo, se trata de una narrativa que reduce a América Latina a un territorio pasivo, un tablero donde Washington mueve piezas en nombre de su propia agenda, ya sea migratoria, geopolítica o económica.
Lo más revelador no es lo que dicen estos textos, sino lo que callan. No hay espacio para las voces de quienes sufren directamente estas políticas: los migrantes centroamericanos detenidos en la frontera sur de México, los campesinos hondureños criminalizados por defender sus tierras o los periodistas mexicanos que investigan la corrupción vinculada a estos acuerdos. La prensa extranjera, en su afán por simplificar realidades complejas, termina por reproducir un guion en el que América Latina aparece como un espacio de intervención, nunca de agencia. Así, el continente se convierte en un escenario secundario de dramas ajenos, donde los actores locales son meros figurantes en una obra escrita y dirigida desde el norte.
Este enfoque no es neutral. Es parte de una tradición que, desde la Doctrina Monroe hasta los tratados de libre comercio, ha tratado a la región como un apéndice económico y geopolítico de Estados Unidos. La externalización de multas migratorias o la militarización bajo el pretexto de la seguridad son solo las versiones modernas de esa misma lógica. América Latina merece un periodismo que, en lugar de normalizar estas prácticas, las cuestione y las sitúe en su contexto histórico. De lo contrario, seguiremos leyendo noticias sobre nuestro continente como si fueran crónicas de un imperio, no de países con soberanía y derechos propios.