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🇦🇷 Argentinadomingo, 9 de agosto de 2026

La mirada extranjera sobre Argentina hoy no se detiene en el duelo por Jorge Messi, aunque los titulares de France 24 lo intenten. El fútbol, ese deporte que el mundo reduce a espectáculo y a metáfora nacional, sirve de cortina de humo para un gobierno que prefiere que el foco esté en otro lugar. Mientras las pantallas transmiten imágenes de un estadio en duelo, la administración de Javier Milei despliega otra clase de drama en las calles de Buenos Aires: redadas migratorias grabadas como si fueran producciones de la ICE estadounidense, con música dramática, rostros sin borrar y el mensaje repetido como un eslogan: *"¿Extranjero ilegal o antecedentes? ¡Fuera!"*. El contraste es revelador. Uno es un país que llora a un padre, el otro es un Estado que criminaliza a una mujer de 60 años, la exhibe como trofeo de guerra y luego la suelta sin explicación, solo para que el video siga circulando, acumulando millones de vistas y reforzando la idea de que Argentina ha virado hacia un modelo donde la seguridad se construye sobre el miedo.

Lo que la prensa internacional subraya —y con razón— es la teatralidad de estas operaciones. No son redadas, son performances. El gobierno de Milei, que ha hecho de la admiración por Donald Trump un pilar de su discurso, copia no solo las políticas, sino también los gestos: el despliegue masivo de policías, la difusión pública de imágenes humillantes, la fabricación de un enemigo visible. La abogada Lucía Galoppo, del CELS, lo resume sin rodeos: *"Estas operaciones son altamente teatrales, desplegando cientos de policías en un intento de imitar redadas en EE.UU., pero el ínfimo 2,2% de extranjeros con status irregular encontrado demuestra que no están justificadas"*. Datos que importan menos que la imagen. El video de la mujer peruana esposada, con su rostro desdibujado solo por el dolor y no por la censura, se convierte en el símbolo perfecto para medios que buscan narrar a Argentina como un laboratorio de populismo de derecha, donde la austeridad económica convive con el autoritarismo simbólico.

Lo que la mirada externa omite, en cambio, es la ironía estructural de este ejercicio. Milei, que en julio decretó la expulsión de extranjeros que promuevan *"mensajes de odio"* contra Argentina o sus ciudadanos, olvidó —o prefirió ignorar— que sus propios insultos a Lula da Silva o a Pedro Sánchez podrían haberlo convertido en el primer deportado bajo su propia ley. La prensa internacional, ávida de contradicciones, no deja de señalar este detalle, pero rara vez profundiza en la paradoja mayor: un país donde el 4,2% de la población es extranjera —la proporción más baja desde 1869— está montando un circo migratorio como si la invasión fuera inminente. Galoppo lo dice con precisión: *"El Estado está fabricando un problema para justificar una respuesta basada en la seguridad"*. Y los medios extranjeros, seducidos por el espectáculo, repiten el guión sin preguntarse si el libreto no es, en realidad, un distractor.

Hoy, mientras Messi aterriza en un país que llora, Argentina sigue siendo, para el mundo, ese escenario donde lo político se confunde con lo policial y donde la crisis migratoria se inventa para ocultar otras. La prensa internacional no miente al mostrar las redadas, pero sí simplifica al presentarlas como la esencia de un gobierno, cuando son solo una de sus muchas caras. El verdadero enigma, el que los titulares extranjeros rara vez abordan, es cómo un país con una tradición de integración —aunque imperfecta— acepta convertirse en el espejo distorsionado de las peores políticas de su admirado vecino del norte. Quizás porque, al final, el teatro siempre encuentra público.

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