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🇧🇴 Boliviadomingo, 9 de agosto de 2026

Hoy, en el tablero, Bolivia no figura como un problema. No hay gas que se agota, no hay militares que amenazan, no hay denuncias de fraude ni bloqueos que asfixian. En su lugar, El País América ofrece una escena de cholitas moviendo sus polleras al ritmo de teclados electrónicos y sintetizadores, en un artículo sobre la cumbia chicha como refugio de los migrantes rurales del altiplano. Que la prensa extranjera dedique su espacio a una nota cultural no debería sorprender a nadie; que lo haga con Bolivia, un país al que suele reservar el papel de convidado de piedra en los relatos de crisis, ya es un gesto digno de anotación.

El encuadre elegido por El País no es menor. En lugar de subrayar la fractura, subraya la fusión. La prehispánica melodía del huayño que se encuentra con el ritmo tropical, las voces agudas y penetrantes del altiplano sobre una base de cumbia, el sincretismo como máxima expresión de una cultura que no se resigna a ser museo ni a ser copia. El artículo traza un recorrido que es también una declaración de principios: la cumbia chicha comenzó en los tugurios de las periferias urbanas, allí donde llegaban los migrantes del campo, y hoy se replica en fiestas patronales, discotecas, bautizos y en los salones de los lujosos edificios de la burguesía aimara, esos cholets que ya han dado la vuelta al mundo. Lo que la prensa internacional suele presentar como una epopeya de carencias —la migración rural, la ciudad que no alcanza a contener—, aquí se narra como un ascenso.

Hay que reconocer que el artículo no cae en la trampa del folclorismo edulcorado. No esconde el punto de partida: la cumbia chicha nació en los tugurios, en los márgenes, como expresión de los que llegaban sin nada. Pero elige detenerse en el momento en que esa expresión deja de ser marginal y se convierte en el himno de las fiestas de los nuevos ricos, en el acompañamiento sonoro de una burguesía que ha construido su propia narrativa de éxito.

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