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🇻🇪 Venezueladomingo, 9 de agosto de 2026

Un solo titular basta hoy para medir la temperatura de la mirada extranjera sobre Venezuela, y conviene leerlo con atención porque condensa en nueve palabras un juicio completo. "Venezuela expone sus carencias al pedir ayuda tras los terremotos", dice el New York Times. No es un enunciado neutral. No dice que un país asolado por un desastre natural solicita asistencia humanitaria. Dice que, al solicitarla, el país queda en evidencia. La catástrofe no es aquí el acontecimiento principal; lo es lo que la catástrofe revela.

Hay en ese encuadre una lógica que ya resulta familiar para quien sigue la cobertura internacional de Venezuela. El desastre natural, que en cualquier otro lugar del hemisferio se narraría en clave de solidaridad o de gestión de emergencias, se convierte aquí en un examen de la política. La geología se pliega a la lectura ideológica: un terremoto no es el movimiento de las placas tectónicas, sino un espejo que devuelve una imagen de fragilidad institucional. Pedir ayuda deja de ser el acto racional de cualquier Estado ante una emergencia y pasa a ser una confesión. Casi un síntoma clínico.

Lo más interesante de esta operación es lo que omite. La mirada extranjera que subraya las carencias al pedir auxilio prescinde de dos matices incómodos. El primero es que solicitar apoyo internacional en una catástrofe de esta magnitud es la conducta esperable de cualquier gobierno, sea cual sea su signo; negar la ayuda o restarle importancia sería, precisamente, la conducta que se le reprocharía a un régimen autoritario. El segundo es que un terremoto no distingue entre Estados competentes e incompetentes. Gran parte de los países que hoy se solidarizan con desastres naturales en otros continentes han tenido que reconocer, en algún momento de su historia reciente, que carecían de todo lo necesario para responder a la furia de la naturaleza.

No se trata de exculpar a ninguna gestión por el simple hecho de que un sismo no entienda de política. La respuesta estatal a una emergencia siempre es evaluable, y siempre debería serlo. Pero el titular del New York Times no evalúa la respuesta: evalúa la petición de ayuda en sí, y la convierte en un acto de exhibición de debilidad. Esa es la distorsión que conviene señalar. Hay una diferencia entre juzgar cómo se gestiona una crisis y juzgar el hecho mismo de pedir auxilio. La primera es crítica legítima; la segunda es una lectura que convierte la necesidad en vergüenza.

Hoy la prensa extranjera mira a Venezuela y, una vez más, no ve un país que sufre, sino un expediente que confirma sus tesis. La evidencia que el terremoto desató en el mundo no es la de un territorio herido, sino la de un sistema político que, en su peor momento, sigue siendo noticia.

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