La prensa extranjera ha decidido hoy que Argentina es, ante todo, el país de Messi, y lo hace con la misma naturalidad con que un turista elige un plato típico en un menú: sin cuestionar si esa elección agota la realidad del territorio. El País América y France 24, en sus respectivas coberturas del sepelio íntimo de Jorge Messi, no solo reducen el duelo familiar a un espectáculo de alcance global, sino que lo enmarcan como un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales, como si la muerte de un padre fuera un evento deportivo más que merece ser cubierto con la misma intensidad que un gol en un Mundial. El gesto es revelador: la Argentina que importa hoy es la que cabe en un tuit, la que se reduce a un nombre propio, a un ícono que, irónicamente, vive lejos y solo regresa para recordarnos que su grandeza es ajena.
Lo curioso es que, en su afán por humanizar a Messi —algo que, por cierto, no hacen con otros argentinos—, los medios extranjeros omiten el contexto que hace de este duelo algo más que una nota de color. No hay mención, por ejemplo, a cómo la figura de Jorge Messi, exrepresentante y manager de su hijo, encarna en parte las tensiones de un sistema que vio en el fútbol argentino un reflejo de sus propias contradicciones: el nepotismo, la concentración de poder en pocas manos, la sombra de la corrupción que siempre acecha tras los éxitos. En cambio, se prefiere destacar la "ceremonia íntima" como si fuera un guiño de intimidad familiar, cuando en realidad es un evento mediático cuidadosamente controlado, donde hasta el apoyo de los hinchas —que coreaban "Fuerza, Leo" frente a la capilla ardiente— parece más una performance calculada que un acto espontáneo. France 24, con su titular más sobrio, acierta en lo esencial: fue una despedida privada, pero la prensa internacional se encargó de convertirla en pública con solo mencionarla.
Lo que más sorprende, sin embargo, es la ausencia de cualquier referencia a la Argentina política o económica en estos textos. Mientras en ediciones anteriores de *El Mirador* se destacaba cómo el gobierno de Milei utilizaba el fútbol como distracción o cómo la diplomacia estadounidense intervenía en asuntos locales, hoy los medios extranjeros prefieren ignorar por completo el clima de crisis que envuelve al país. No hay mención a la inflación, a la devaluación del peso, a las protestas sociales o a las tensiones con China, temas que suelen copar las portadas cuando se habla de Argentina. En su lugar, se opta por una narrativa que refuerza el estereotipo del país como un escenario de pasiones puras, donde lo único que realmente importa es el drama humano —o, en este caso, el drama de un héroe deportivo—. Es una cobertura que, paradójicamente, despoja a Argentina de su complejidad para convertirla en un decorado donde solo cabe el brillo de una estrella.
Quizás lo más revelador de este enfoque sea su propia ingenuidad. Los medios internacionales, al reducir a Argentina a la figura de Messi, confirman sin querer un diagnóstico que el propio país se empeña en negar: que su identidad global sigue anclada en el pasado, en un fútbol que ya no refleja la Argentina de hoy, sino la de hace décadas. Mientras el mundo celebra el duelo de una familia, el país real —el de los salarios que no alcanzan, el de los jóvenes que emigran, el de las instituciones que se desmoronan— queda relegado a un segundo plano, como si fuera un detalle irrelevante en la trama principal. La prensa extranjera, en su afán por simplificar, termina dibujando un retrato que Argentina misma ha contribuido a construir: el de un país que solo existe cuando Messi juega, llora o triunfa, y que, en los intervalos, puede ser ignorado sin consecuencias.