Dos noticias flanquean hoy la cobertura extranjera de México, y a primera vista parecen proceder de mundos opuestos. Una cuenta que un agente policial de Estados Unidos acusado de matar a tres personas en México fue detenido en la frontera. La otra, mucho más desarrollada por *El País América*, reconstruye el supuesto fraude de Alexandra Lozano, la abogada que se autonombró “La abogada de los milagros”, y que habría amasado una fortuna —jet rosa y mansión incluidos— a costa de migrantes como Carlos Navarro Ceja, deportado a Michoacán tras 33 años en Estados Unidos, cuatro de ellos en una cárcel migratoria. Juntas, las dos historias dibujan un encuadre que la prensa internacional no siempre se detiene a examinar: la frontera no solo separa países, también produce relatos, y los produce en ambas direcciones.
El caso Lozano ofrece a *El País América* todos los ingredientes de una crónica de éxito y caída: el sueño migratorio convertido en producto de lujo, un video en redes sociales donde prometía visas en minutos y la estafa a cientos de personas que, como Navarro Ceja, creyeron en un milagro. Pero más allá del escándalo individual, el relato trasciende a la abogada y expone una maquinaria más amplia: la explotación de la desesperación, el tráfico de ilusiones y la complicidad de sistemas que, en ambos lados de la frontera, convierten a los migrantes en mercancía. La prensa extranjera, seducida por el morbo de lo exótico o lo escandaloso, suele reducir estos fenómenos a meras anécdotas de corrupción local, ignorando que son síntomas de un problema estructural.
Ahí radica la paradoja: mientras el agente estadounidense representa la violencia institucionalizada que cruza fronteras, el caso Lozano simboliza la violencia económica que también las traspasa. Ambos casos, sin embargo, son presentados como excepciones, como aberraciones en lugar de como piezas de un mismo rompecabezas. La frontera, en esta narrativa, no es solo un límite geográfico, sino un filtro que distorsiona la realidad: lo que ocurre en México se explica desde el crimen o el folclore, nunca desde las políticas globales que lo perpetúan. Así, la prensa internacional contribuye a un relato simplificado donde México es, alternativamente, un refugio de criminales o un hervidero de estafadores, pero nunca un actor con agencia en su propia historia.