El titular de El País América no necesita ser leído dos veces para revelar su tesis. Dice, sin ambages, que el futuro de Venezuela se dirime en una nueva negociación bajo el control de Estados Unidos. La afirmación es tan rotunda que uno podría olvidar que se trata de una interpretación, no de un dato. Pero es precisamente esa rotundidad lo que define el encuadre de la prensa extranjera sobre Venezuela: la mirada del norte, acostumbrada a tratar el país como un problema geopolítico más que como una sociedad, encuentra hoy su confirmación en la imagen de una dirigente opositora que regresa del exilio para sentarse, supuestamente, frente a Jorge Rodríguez, mientras los hilos de la conversación los sostienen, desde la distancia, los diputados del secretario de Estado estadounidense.
Lo más revelador del artículo no es, sin embargo, esa tesis enunciada en el titular. Es la única escena que el medio logra describir. Dinorah Figuera, la dirigente de Primero Justicia que no ha vuelto a dar entrevistas, se reencuentra con una plaza de Caracas que ya no es la que dejó, con banderas que ondean al ritmo de consignas que no son las suyas y con un escenario político donde la oposición, fragmentada y deslegitimada, parece empeñada en demostrar que su único horizonte es la rendición negociada. El relato se completa con la mención de un posible acuerdo que, de concretarse, consagraría a figuras como Rodríguez como interlocutores válidos, mientras Figuera —y con ella, la esperanza de cambio desde dentro— queda reducida a un símbolo de un proceso que otros deciden.
La prensa extranjera, en su afán por simplificar, olvida que Venezuela no es un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven al dictado de Washington o Moscú, sino un país de 30 millones de habitantes que resiste, sufre y, en ocasiones, se rebela. Al reducir la complejidad a un juego de poder, estos medios confirman que su mirada sigue anclada en la lógica de la Guerra Fría, donde los pueblos son solo peones de una partida que nunca les pertenece.